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Una gran sala blanca

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Te despertás aturdido, seguís en parte en el sueño, hasta que entendés que este se ha terminado. Sin recordar dónde estás, ni saber bien qué soñaste, te ves en una gran sala blanca. Te despertó una camilla entrando por la puerta principal, empujada a toda velocidad, chocando con las puertas que se abren al pasar. Hay una persona mayor, dormida o inconsciente en ella, un respirador en su cara y tubos en sus brazos. Llega una ráfaga de pensamientos y recordás que en el sueño estabas caminando.

La medicación ha perdido su efecto. Estuviste todo el día sin tomarla. Tenés recuerdos de este lugar, sabés que estás acá hace tiempo, pero no cuánto. No querés recordar el porqué estás en este lugar, eso solo te produciría dolor. El que sentís ante cada recuerdo. Algo que te desgarra de manera lenta y que consume todas tus fuerzas.

Llega el hambre y te dirigís a la máquina expendedora en busca de algo que comer. Eso te dice que llevás largo rato en la sala. Te levantás medio tieso por la inactividad y la mala postura. Llega otra ráfaga de pensamientos, esta es más fuerte y te aturde, como mil agujas que se clavan en tu cerebro. Recordás que en el sueño avanzabas en la oscuridad de la noche.

Estás solo ahora, el efecto de las drogas se ha acabado, solo vos y tu mente rota. Odiás esas ráfagas y sabés que se pondrá peor, porque siempre se pone peor. Apenas tenés un billete perdido en el bolsillo de la bata, al menos podés sacar una bolsa de papas fritas de la máquina. En un tiempo te cuidabas de no comer nada de eso, pero ahora ya no te importa. La abrís y devorás de la primera a la última, la boca te queda salada, pastosa y necesitás tomar algo.

Caminás por un pasillo que conocés bien, creés haber recorrido cada uno, cada sala, cada rincón. Pero donde pasás más tiempo es en esa sala blanca, la más cercana a la salida, junto al guardia de seguridad en su garita. Con sus monitores, su radio y su uniforme. Las ráfagas ya son insoportables. Innumerables pensamientos se agolpan, luchás para evitarlo, la ansiedad te acosa. Lográs recordar algo más de ese sueño; caminabas sobre ramas que crujían.

Avanzás por el largo pasillo con olor a medicación, sin ver a nadie durante todo el camino. Las luces blancas lastiman tus ojos, sabés que es tarde pero no tenés reloj ni celular. Pensás que ya deben ser más de las doce de la noche, la hora de las brujas todavía no ha llegado y seguís caminando con sed y sabor a papas fritas en la boca.

Llegás a la escalera, te asegurás como siempre de que nadie te vea entrar o salir del piso. Esto te traería muchos problemas, ya lo sabés. Tenés miedo de quedarte sin acceso a los libros, casi lo único que te importa en este lugar, además de visitar la sala blanca cada vez que lográs escaparte. Ahora la ansiedad te domina por completo. Pisás con lentitud mientras comenzás a temblar. De a poco la angustia te ahoga y se hace insoportable. Te llega otro recuerdo del sueño; el sonido de grillos en la noche.

El temor de que te prohíban el acceso a los libros te empieza a preocupar, como si tu vida dependiera de eso. Sabés que los necesitás, no podés vivir sin ellos y no vas a permitir que nadie te los quite. Llegás a tu habitación y girás el picaporte con mano temblorosa. La habitación donde tu compañero duerme despreocupado. Vos estás desecho, buscás desesperado las pastillas en el cajón de tu ropa, ahí tenés siempre algunas guardadas de dosis no tomadas. Las tragás rápido y tomás agua de un vaso. Te tirás en la cama agotado, deseando que te hagan efecto de inmediato, pero no es así y este se hace esperar.

Te sentís muy alterado como para dormir, los pensamientos te torturan, están por todos lados, aunque uno claramente sobresale del resto. Es una pregunta que nunca te has hecho. No lo habías pensado hasta ahora. La sala blanca es lo único que te tranquiliza además de la medicación. Por eso vas a visitarla tan seguido. Sentís vergüenza en el mismo instante en que percibís la razón.

Ver esas personas lastimadas, heridas, dañadas, es perturbador. Sin embargo, por más que sea desagradable, es en el único momento en que lográs dejar de pensar. Tu mente se concentra en algo más y te suelta, por un breve instante sos libre, es el precio por un rato de libertad. Sufrís al ver el dolor de otros, pero no tanto como cuando tu mente te tortura. Te duele pensar en eso, el sentir sus miserias tan de cerca, te aferrás a tus rodillas y te balanceás sobre la cama. Algo más llega del sueño; el olor de la pinocha en el aire.

Luego de un largo rato te sentís desahogado y te calmás. Las ráfagas se debilitan; están haciendo efecto las drogas. Mirás el techo y respirás profundo para calmarte. Agarrás el libro de tu mesa de luz y te ponés a leer. Eso te ayuda a calmarte más rápido. Llevás varias páginas leídas cuando llega el sueño. Querés seguir leyendo y peleas. Los ojos se te cierran y los abrís con esfuerzo. Te estás durmiendo y de repente…

…te acordás…

…en el sueño…

…caminabas por el bosque que estaba cerca de la casa de tu infancia, el que visitabas con tus amigos de entonces. Lo habías olvidado durante mucho tiempo, pero ahora lo recordaste y has recuperado uno de los momentos perdidos de tu vida.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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«Despertar a oscuras» es mi primer libro de relatos publicado en español, y está disponible en Amazon.

Los catorce relatos que forman este libro tratan sobre las aventuras de la infancia; lidiar con los desencuentros; las separaciones que se generan tanto con la distancia como con el paso del tiempo; la perdida de lo más querido y los inesperados reencuentros. Los protagonistas de estas historias a veces sienten que la esperanza está perdida, que se acabó el amor, que su mundo se cae a pedazos. Pero movidos por un fuego interno, logran encontrar nuevas fuerzas para recuperar lo perdido y entender de que están hechos en lo más profundo de su ser.

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