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La puerta

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Era lunes y él salía de su departamento temprano, como todas las mañanas, para ir al trabajo. Estaba por bajar la escalera cuando miró las otras tres puertas que daban al angosto y húmedo pasillo, silenciosas e inmutables. Ya había pisado el primer escalón cuando el silencio se rompió y escuchó a su vecina italiana llamándolo.

Giuliano, ven per favore, cuesto televisore no funciona.

Siempre que algún tema la angustiaba o frustraba largaba toda una oración apurada en italiano; cuando se calmaba, volvía a hablar en español.

Para él fue una sorpresa verla tan temprano. Casi siempre la veía cuando volvía de trabajar, después de las seis de la tarde. Ella solía buscarlo con la excusa de algo que no funcionaba en su departamento. Él sabía que se sentía sola y le gustaba la compañía de su vecino al que trataba como a un nieto.

—Doña Victoria, cálmese por favor que le va a dar un aneurisma. Es demasiado temprano y me tengo que ir a trabajar.

Capisco… —dijo y respiró para calmarse— pero ven a ayudarme per favore, que este condenado aparato no quiere funcionar. Seguro te tardarás solo unos minutos.

Julián miró el final de la escalera en la planta baja y volvió a subir el escalón resignado a llegar tarde al trabajo. Decirle que no a Doña Victoria le resultaba imposible. Muchas veces era capaz de ir a la tienda más lejana y comprarle lo que necesitara; otra batidora, otra tostadora, con tal de complacerla.

Él se había mudado tiempo atrás a ese departamento en un antiguo caserón del barrio de La Perla, a dos cuadras de la playa. La gran casa de principios del siglo veinte estaba emplazada en una esquina muy alta en la loma. Había sido una hermosa propiedad de estilo francés en sus buenos tiempos. Techos de tejas, columnas de piedra en la entrada, paredes de bloques de granito que rodeaban toda la propiedad, cubriendo todo desde el suelo al techo y pisos de mármol en la sala principal.

Pero su apogeo ya había pasado y el edificio dejaba notar el paso del tiempo. Los dueños, una familia de la capital, habían dejado la planta baja de uso común y dividido la planta alta en cuatro departamentos de alquiler. Julián alquilaba el de la esquina sur, pegado a la escalera. Eran solo dos plantas y un pequeño parque atrás.

Para él fue una buena elección, no era caro, estaba bien ubicado y le gustaba el barrio. La casa había sido primero de una familia adinerada, pero lo habían perdido todo en los años treinta y debieron venderla. Se contaba que Alfonsina Storni había pasado unas vacaciones en ese lugar pocos días antes de quitarse la vida.

Esos dos sucesos, la bancarrota de la familia y el suicidio de la visitante, habían provocado un mito. Que la casa estaba embrujada y traía mala fortuna a sus habitantes. A él le encantaba vivir en un lugar con ese pasado. Siempre le gustó la poesía de Alfonsina y saber que ella se había suicidado lo había marcado. Cada tanto recordaba el asunto y reflexionaba sobre la desolación que debe sufrir un alma para llegar a tal extremo.

Los cuatro departamentos se parecían entre sí. La reforma de la propiedad se había hecho de manera tal que cada uno era una versión invertida en el espejo de los otros tres. Los cuatro tenían sus puertas amontonadas en el medio del pasillo, como si el edificio quisiera forzar a los vecinos a estar cerca.

Julián ocupaba el departamento “A”. El más cercano a la escalera, frente al “B”, de Doña Victoria. En el “C”, al lado de Julián, vivía una familia que se había mudado hacía poco tiempo. El padre se llamaba Fermín, la madre Amalia y su hija de veinte años, Clara. Por último, en el “D”, vivía Don Ernesto que era el más antiguo inquilino y el más anciano también.

La relación de Julián con sus vecinos había sido cordial pero reservada. Lo único que se sabía de él en los pasillos era que tenía veintitantos años, que trabajaba en una oficina del centro, aunque no se sabía qué es lo que hacía. Sí que le gustaba leer, cosa que era imposible ocultar ya que vivía rodeado de libros. Estaban diseminados por todo su departamento; en los estantes, apilados sobre el piso, las sillas, la cama y la mesa de luz.

Pero nadie sabría nunca que caminaba por las calles de la ciudad imaginando los escenarios y personajes de los libros que leía por las noches y hasta entrada la madrugada. Con la cabeza en las nubes y abstraído en sus pensamientos, disfrutaba del camino que seguía a diario por la costa, bajando la loma del barrio La Perla.

Se sentía solo desde que su familia se había marchado. Ellos habían emigrado a España porque su padre y hermanos no conseguían trabajo. Él se había quedado en Mar del Plata, retenido por su novia, Ana. Aunque pocos meses después de la partida de su familia, Ana dijo que se aburrió de él y también se marchó.

Entonces Julián se quedó solo con sus libros y tiempo después se mudó al caserón del barrio La Perla. Se podría haber quedado en el departamento que había alquilado junto a Ana, pero después de estar unas cuantas semanas deprimido decidió mudarse, ya cansado de ver la imagen de Ana en cada pared y cada rincón. Desde que ella se marchó su vida se había puesto en pausa.

***

Doña Victoria había nacido en un pequeño pueblo de Calabria. Sus padres se marcharon con sus seis hijos de Italia después de la segunda guerra, todo había quedado devastado y faltaba la comida. La pequeña Victoria, la menor de los seis, viajó con solo cuatro años en un gran transatlántico atestado de emigrantes. Viajó por dos semanas para llegar a América paseando por la cubierta y los pasillos del navío, compartiendo con sus padres y sus cinco hermanos mayores un humilde camarote de tercera clase.

En estas tierras se casó y tuvo tres hijos. Pero años después sus hijos crecieron y se marcharon. Se mudaron a otras ciudades, después su marido falleció ya muy anciano y ella se quedó sola. Cuando se encontró sin su compañero de toda la vida y con sus hijos y nietos lejos de ella, decidió dejar el hogar donde había formado su familia y comenzar una nueva vida en ese departamento del caserón.

Desde que Julián llegó se hicieron amigos y conversaban todos los días. Siempre lamentó que la familia de él hubiera estado forzada a abandonar su país, de la misma manera que le había pasado a la suya años atrás. La familia de Julián se marchó al mismo lejano continente que a ella la vio partir, veía en este hecho una cruel ironía del destino. A ambos les gustaba pasar tiempo juntos charlando y tomando café. Eran dos almas parecidas, alejadas de sus seres queridos y destinadas a encontrar alivio en la compañía de nuevos amigos.

Los otros vecinos, Fermín y su familia eran de la capital, hacía un año que se habían mudado a esta ciudad frente al mar en busca de una mejor vida. Estaban alquilando en el edificio mientras terminaban de acondicionar la nueva casa que habían comprado en un barrio del sur de la ciudad. Les faltaban algunos meses para mudarse. Su única hija, Clara, comenzó a estudiar en la universidad desde que llegó.

El vecino menos visto en los pasillos era Don Ernesto. Hombre mayor, canoso y con barba. Pasaba por el pasillo solo para salir a hacer las compras y volver a su departamento puntual a las once de la mañana, día tras día, en una prolija rutina sin variaciones. Apenas hablaba y no se sabía mucho acerca de él.

Julián había intentado averiguar acerca de Ernesto y una vez se le acercó con la excusa de pedirle un poco de azúcar. El anciano abrió la puerta y ante el pedido lo dejó entrar sin mediar palabra. Mientras se marchó a la cocina en busca del azúcar, Julián pudo apreciar el interior de la sala. Estaba abarrotada de libros, con estantes que lo cubrían todo, desde el piso al techo, dejando libre solo el lugar de las ventanas y puertas. Luego llegó Ernesto con una taza de azúcar y le dijo:

—Acá tenés, como ves mis libros son la única compañía que tengo.

—¿No tiene familia Don Ernesto?

—Mi mujer murió hace varios años y mis dos hijos viven con sus familias en el exterior.

—Lamento escuchar eso. Cualquier cosa que necesite puede contar conmigo.

—Gracias, no hablo demasiado, me cuesta el trato con los demás, mi mujer siempre me ayudaba con eso y desde que no está…el contacto con otras personas se me ha hecho muy difícil.

—Entiendo y no quiero molestarlo. Lo dejo tranquilo y nos vemos pronto, Don Ernesto.

—Así será, hasta pronto.

Tiempo después Doña Victoria le contó que cuando ella llegó al edificio intentó charlar con Don Ernesto. Al principio él contestaba solo con monosílabos y evitaba la charla a toda costa. Pero con el tiempo fue cediendo y llegaron a tomar un café juntos en la casa de ella. Le había contado que era escritor y que había publicado algunas novelas cuando era joven. Pero no escribía nada desde que su mujer falleció.

Julián entró al departamento de Doña Victoria y se dirigió al rincón donde estaba el antiguo televisor decidido a resolver el asunto cuanto antes y reiniciar el camino a su trabajo. Debía ser algún canal mal sintonizado, o el control remoto sin pilas. El departamento estaba tan repleto de muebles antiguos y recuerdos que le parecía más pequeño que el suyo, aunque sabía que eran del mismo tamaño. Salvo que el suyo se encontraba entre el departamento de Fermín y la escalera. El de Doña Victoria, entre el departamento de Don Ernesto y el techo que caía sobre la escalera hacia la planta baja.

Probó el aparato, que prendía pero no emitía ningún canal. Miró detrás y vio el cable coaxial conectado al antiguo receptor. Siguió el cable, que se alejaba engrapado sobre el zócalo bajo la ventana, en busca de la falla. Este se escondía detrás de un gran placar en la pared que daba a la escalera. Julián intentó separar el gran mueble de la pared para seguir el trayecto del cable. Doña Victoria miraba impaciente y curiosa. A cada rato le repetía:

—¿Necesitas ayuda, figlio?

—No hace falta, Doña Victoria, seguro lo resuelvo en unos minutos.

Después de un gran esfuerzo que lo puso a sudar logró correrlo. Respiró agitado y satisfecho, ante el pequeño triunfo. Pudo ver detrás del placar que el papel tapiz que cubría toda la sala terminaba antes de llegar al oscuro rincón detrás del mueble, porque ahí había una puerta. Le pareció extraño encontrar esta puerta que solo podría dar a un pequeño cuarto sobre la escalera. Le preguntó a Doña Victoria si sabía de la puerta, pero ella se mostró desconcertada y le dijo que nunca la había visto antes. Al parecer había estado siempre tapada con el gran placar.

Con gran esfuerzo movió un poco más el pesado mueble. Intentó dejar lugar suficiente para poder pasar y abrir la puerta. Puso su mano en el redondo picaporte de bronce. Lo giró y abrió la puerta que se quejó sobre sus goznes. Dentro estaba oscuro, entró y sintió el aire añejo y húmedo de la pequeña cámara.

Después logró ver unas finas líneas de luz dentro del cuarto. Había otra puerta, igual a la que acababa de abrir, aunque esta estaba en la pared de enfrente, justo ante él. Respiró profundo inhalando más del viejo polvo suspendido en el aire, giró el segundo picaporte, abrió la puerta hacia afuera y entró en un lugar iluminado.

Al abrir la segunda puerta se cerró la primera y solo quedó oscuridad detrás de él. Avanzó en la iluminada habitación y notó que estaba dentro de una casa. Pudo ver ventanas que daban a un parque cubierto de césped, plantas y árboles. El lugar le pareció familiar, hizo un esfuerzo por recordarlo, pero no lo logró. Extrañado, cerró la puerta detrás de él, esperó un instante, y la volvió a abrir intrigado. Cuando abrió la puerta vio ropa colgada en perchas y zapatos en el suelo. Se sobresaltó, creyó estar soñando en su cama y que el despertador todavía no había sonado ese lunes por la mañana.

Volvió a cerrar la puerta y se pellizcó fuerte con la mano izquierda en el brazo derecho. Pero solo se causó un pequeño dolor que no logró sacarlo de lo que estaba viviendo. Caminó fuera de esa habitación, por un largo pasillo que lo llevó a una sala de estar con sillones, una gran mesa y sillas de roble. Había una biblioteca llena de libros que ocupaba dos paredes de la sala, la que le pareció conocida.

Después de mirar largo rato la biblioteca giró y vio que en uno de los sillones antes desocupados había ahora una anciana sentada. Era su abuela Pilar, la madre de su madre, que había muerto cuando él era pequeño. Se quedó parado sin poder reaccionar. Su abuela lo miró y le sonrió.

***

—Hola Juli. ¿Te acordás de estos libros? Te gustaban mucho de chico.

Julián no entendía nada, aunque de alguna manera imposible de entender, estar ahí lo calmaba y le hacía sentir a gusto. Como en un lugar a mitad entre el sueño y la vigilia. Se dirigió hacia su abuela que lo esperaba con una sonrisa. Mientras caminaba a paso lento recordó esa casa, enterrada hasta ese momento en algún rincón de su mente. Era la casa de su abuela, la que no visitaba desde que tenía diez años, cuando ella murió.

—¿Cómo estás Juli? Cómo has crecido —él no supo qué decir.

—Sentate conmigo Juli, y contame cómo va tu vida. Ya sos un adulto. Contame qué andás haciendo.

Mientras Julián se sentaba en el sillón sin poder reaccionar, una violenta oleada de recuerdos invadió su cabeza. Recordó cómo su abuela lo llamaba Juli cuando era pequeño y jugaban juntos en el parque. El mismo parque que acababa de ver por las ventanas de la casa. Ella siempre le enseñaba cosas nuevas y le leía siempre que él lo pedía. Quizás gracias a ella comenzó su relación con los libros. Se daba cuenta de cuánto había extrañado a su abuela. Ella era la única que lo había entendido, con la única que había podido hablar de todo lo que sentía y lo inquietaba durante su infancia. En ese mismo momento se dio cuenta de que luego de su muerte, él se había convertido en un ser reservado, alejado, hermético.

—¡Abuela, sos vos! Lo estoy recordando todo. Los momentos que pasamos juntos, el parque, los libros. Hacía tanto que no lograba recordar nada de este lugar.

Julián rompió en lágrimas sin recordar cuándo había llorado por última vez. No lo había hecho cuando su familia se marchó; tampoco cuando Ana lo abandonó. Todos esos sucesos habían sido enterrados en algún profundo lugar de su ser.

—Mi Juli querido, no sabés cómo lamento no haber estado con vos durante todo este tiempo. Pienso en vos todos los días y me apena haber tenido que irme.

—Mi familia se fue, abuela, y me quedé solo. También Ana me dejó. Todos me dejaron.

—Lo sé Juli, quiero ayudarte para que puedas seguir adelante.

—Extraño a todos…y Ana…hasta ahora nunca había logrado entenderlo, pero…

—¿Qué Juli?

—…que ella y yo no estábamos hechos para estar juntos, no queríamos lo mismo…hasta ahora había evitado pensar en eso…

Julián se calmaba a medida que hablaba, hasta que pudo dejar de llorar, abrazó a su abuela y se quedó en silencio por un largo rato. Luego volvió a hablar.

—Creo que desde que me quedé solo me paralicé.

—Te entiendo Juli.

—Siempre te extrañé mucho, abuela.

—Yo también, Juli.

—Tengo una vecina que me recuerda a vos.

—¿En serio?

—Ella cree que no me doy cuenta, pero está siempre cerca y al tanto de todo lo que me pasa.

—Me alegro de que la tengas como vecina, Juli.

—También está Clara, una vecina que me gusta, pero….

—¿Pero?

—Nada, me cuesta hablarle. Después de lo que me pasó con Ana es cómo…no sé…me cuesta.

—No dudes más Juli, andá y hablale, dale.

—Quiero estar un rato más con vos, abuela.

—No te preocupes, te prometo que nos volveremos a ver.

Ella le tomó las manos. Él la sentía tan real, era ella de carne y hueso junto a él.

—Te voy a hacer caso y voy a ir a hablar con Clara.

—Me parece muy bien, sé que va a salir todo bien.

Ambos se levantaron, volvieron a abrazarse y se separaron con lentitud. Julián caminó de vuelta hacia la puerta por la que había llegado. Su abuela lo saludó con una sonrisa mientras se alejaba. Cerró la puerta detrás de él y se internó en la oscuridad del pequeño cuarto donde la ropa y zapatos habían desaparecido. Tomó aire, abrió la segunda puerta y volvió al departamento de Doña Victoria.

Al mirar atrás la otra puerta ya no estaba ahí. Donde estuvo el portal que lo llevó con su abuela, ahora solo había ladrillos. Salió detrás del placar y se volvió a encontrar con Doña Victoria.

—¿Encontraste algo Giuliano?

Le pareció raro que ella no le preguntara qué estuvo haciendo todo ese tiempo. Para él habían pasado un par de horas.

—Todavía no lo encuentro Doña Victoria. Pero dígame algo: ¿No tardé demasiado tiempo detrás del placar?

Ma ¿Che dichi? Si entraste y saliste en un pestañeo. Mejor vamos a tomar un café que te veo muy dormido.

Él movió otra vez el placar para cerrar el acceso a la puerta y decidió partir.

—Disculpe Doña Victoria, necesito hacer algo, luego vuelvo y tomamos un café si le parece.

Anda a fare…ve a hacer lo tuyo y después nos vemos.

La saludó con un beso en la mejilla y salió con una sonrisa del departamento. Fue directo a la puerta de Clara y golpeó. Clara abrió la puerta, todavía no había salido para la facultad.

—Hola Julián, buen día. ¿Está todo bien?

—Todo bien Clara, pero…te quiero preguntar algo.

Clara asintió con la cabeza y él le soltó la pregunta.

—¿Querés ir esta tarde conmigo a tomar un café?

Clara sonrió, giró la cabeza mirando que no hubiera nadie cerca, se le acercó al oído y le dijo susurrando:

—Te espero a las siete en el café de acá a la vuelta.

Julián la miro sonriente, la saludó y se marchó. Clara lo miró mientras él se alejaba. Fue a su departamento, llamó a su trabajo, explicó que algo le había ocurrido y que no podría ir ese día.

Después fue a visitar a Don Ernesto, le dijo que quería que hablaran sobre sus novelas y pasaron varias horas hablando. Luego llevó a Don Ernesto al departamento de Doña Victoria donde los tres tomaron un café entre charla y risas.

Julián no reparó el televisor de Doña Victoria ese día.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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