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Jardín de niebla

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Cerca del bosque estaba este lugar entre praderas y eucaliptos. Más allá estaban los acantilados y el océano. Vuelvo a ver la franja de altos pinos en el horizonte. Al mar se lo presiente a lo lejos con su brisa fresca. Recuerdos que me visitan seguido, me arrastran y me llevan a prados verdes, donde el sol brillaba entre los árboles. Ahí estaba mi patio de juegos; uno sin paredes y sin límites. Todo lo que estaba a la vista entre el cielo y la tierra era mío. Podrían haberlo llamado un sitio despoblado, pero para mí era el paraíso y no necesitaba nada más que eso en el mundo entero.

Me levantaba temprano, tomaba el desayuno con mi familia, papá se iba a trabajar, mamá hacía los quehaceres. Yo salía de aventuras a recorrerlo todo. Mi hermana menor me acompañaba cerca de la casa, pero no cuando yo me alejaba. Ella tenía tres años entonces, yo siete. A veces salía a pasear con Daisy, mi ovejero alemán que me seguía a todos lados. Otras, me ausentaba durante todo el día junto a mis amigos de entonces.

Pasábamos todo el día haciendo lo que se nos antojara. Lo teníamos todo, las praderas, el bosque, la arena, el mar y el cielo. Luego volvía tarde y sin prisa para caer agotado y satisfecho en la cama. Pensaba por última vez en los sucesos del día, cayendo en sueños donde vivía otras aventuras, o me quedaba despierto planeando salidas para días futuros.

Vivíamos en una pequeña casa de techo de tejas a dos aguas al pie de un camino de tierra, entre los altos eucaliptos que la rodeaban y le daban sombra. La única construcción cercana era una granja. En la parte de atrás de la casa mi papá había plantado algunas verduras y árboles frutales. En parte por diversión, en parte para evitar hacer algunas compras porque los comercios más cercanos estaban a varios kilómetros.

Cuando salía a explorar me encantaba visitar el bosque. Un mar de pinos altos y sombríos, donde no llegaba la luz. El suelo estaba lleno de pinocha, musgo y raíces enroscadas. Nunca me fue indiferente cualquier comentario relacionado con el bosque. Una mezcla de misterio y fascinación lo cubría todo. Existían algunas leyendas acerca del lugar y había gente que temía hablar de eso y más aún internarse en él. Se extendía desde dos kilómetros al sur de mi casa hasta el océano, donde era cercenado por altos barrancos que caían en forma abrupta sobre una delgada costa, con playas de arena gruesa y oleaje violento.

La granja cercana a la casa estaba habitada por una pareja de ancianos y uno de sus hijos, ya adulto. Tenían varios animales; caballos, vacas, cerdos y gallinas. Como estaba acostumbrado a ver esos animales, la visitaba deseando encontrar algo más exótico. Me imaginaba que en el fondo de la finca podría encontrar animales más raros como elefantes, jirafas, rinocerontes o leones. Pero mamá me dijo que era imposible, no se podía tener ese tipo de animales en una granja y al escuchar eso me sentí frustrado y fastidiado.

La granja estaba custodiada por dos perros gigantes, a los que temí mientras viví en ese lugar. Siempre los miraba a lo lejos desde el camino de tierra, hasta que un día fuimos de visita con mis padres. Conocí a la gente que habitaba la granja, y a sus sabuesos. No recuerdo los nombres de mis vecinos, pero sí el de los perros; esos dos grandes lobos salvajes se llamaban Negro y Malevo.

Durante esa primera visita yo estuve temeroso. Caminaba junto a mis padres y mi hermana, sin separarme de ellos. Los perros no me hicieron daño, pero se acercaron a olerme de forma intimidante. Tenían mi estatura y yo presentía que no les gustaba para nada tenerme cerca. Creo que ni se me pasó por la cabeza acariciarlos, hubiera sido como intentar acariciar a un par de monstruos para terminar siendo despedazado.

La granja estaba rodeada por un gran cerco de alambres de púas. Una tarde de domingo nos visitaron mis tíos y primos. Éramos cinco chicos de entre tres y diez años jugando, corriendo y gritando. En un momento todos corrimos hacia la granja para ver a los animales. Al correr tropecé con un pozo y caí con mi cara sobre los alambres de púas que iban de poste en poste.

Me sentí caer, luego un gran dolor, podía ver con un solo ojo y había sangre en la mano que me pasé por la cara. Al rato mi papá estaba junto a mí, levantó mi menudo cuerpo y me llevó en alzas hasta la casa. Me lavaron y llevaron a una sala de emergencias, a varios kilómetros de ahí. Escuché sus expresiones de pánico mientras me lavaban la herida. No sabía bien dónde me había lastimado, pero sangraba mucho.

Al volver por la noche ya dormido, me acostaron en mi cama. Al día siguiente me contaron que al caer di con la cara sobre las púas de uno de los alambres. Pero apenas me cortó el párpado sobre el ojo derecho, al que salvé de milagro. Habían tenido que suturarme, lo tenía vendado y no podía ver, pero me tranquilizaron diciendo que en unos días seguro estaría bien.

***

Tiempo después del accidente del alambre de púas conocí a Cristian y Mariano. Cristian era robusto, temperamental y sonriente, pelirrojo y con pecas. Mariano era más pequeño, desgarbado y bonachón. Tenía cabello castaño lacio con corte taza y nariz prominente.

Una tarde me hamacaba en la cubierta de camión que mi papá había colgado con una soga de la rama más gruesa del eucalipto de la entrada. Mientras me hamacaba podía ver delante el camino, a lo lejos el bosque, luego el cielo y después el bosque otra vez. Mientras me daba impulso y me aceleraba cada vez más repetía:

—…camino, bosque, cielo, bosque, camino, bosque, cielo, bosque, camino, bosque, cielo, bosque, camino… —en una repetición hipnótica sin fin. Hasta que vi dos figuras que se acercaban por el camino. Paré mi vaivén, me bajé del neumático y me acerqué a ellos. Noté que ambos eran mayores que yo. Después supe que Mariano tenía diez y Cristian once. El primero en hablar fue Cristian, extrovertido y decidido. Me contó que ambos eran vecinos y vivían en unas casas a medio camino entre mi casa y el bosque.

Era diciembre y ya había terminado la escuela. Desde ese día nos juntábamos para jugar todos los días durante el resto del verano. Ellos siempre iban y venían juntos, una pareja divertida que se convirtió en mis mejores amigos de entonces. Cristian disfrutaba contando historias para atemorizarnos. Mariano me decía que no le hiciera caso, que su amigo tenía mucha imaginación y era un gran mentiroso.

Una tarde de marzo durante el final del verano caminaba con Cristian y Mariano por la callecita empedrada que llegaba hasta el bosque. Habíamos planeado una excursión en secreto por semanas, y lo haríamos el último sábado de vacaciones, antes de comenzar la escuela. Todo comenzó cuando Cristian me comentó que él y Mariano planeaban pasar la noche en la playa del barranco, más allá del bosque y para hacerlo había que engañar a nuestros padres que no nos permitirían hacerlo.

Mi primera impresión fue pensar que Cristian tenía razón, aunque yo no quería mentir en casa. Pero la imagen de atravesar el bosque y dormir en esa playa se me hizo irresistible. Tomé coraje y les dije que los acompañaría. Cristian fue el primero que sonriendo se escupió la mano y me la dio para que la estrechara y jurara guardar el secreto. Luego Mariano lo imitó y también me dio su mano ensalivada para sellar el pacto.

Todos diríamos que pasaríamos la noche con nuestros amigos. Trataríamos de no dar demasiados detalles para evitar ser descubiertos. Cada uno pediría permiso a sus padres para pasar la noche en la casa del otro. Era la primera vez que yo hacía algo así. Los días siguientes los viví llenos de ansiedad mientras fuimos preparando los detalles de la excursión. Cristian consiguió una carpa donde debíamos caber los tres. Mariano traería mantas y otros elementos para protegernos del frío y hacer fuego en la playa. A mí se me encargó traer comida y golosinas suficientes para no pasar hambre durante el campamento.

Después de planearlo lo suficiente, y llevar a cabo los preparativos, al fin llegó el gran día. Ellos me esperarían el sábado por la mañana fuera de sus casas en el camino hacia el bosque. Pasé a buscarlos según el plan y los tres nos dirigimos por la callecita hacia el bosque.

Mientras nos acercábamos vimos las ruinas de lo que había sido una estancia. Estas ruinas se encontraban entre el final de la pradera y el inicio de la gran pared de pinos. Solo había unos pocos metros entre el bosque y los muros destrozados. Seguro en pocos años el bosque se tragaría el lugar y pasaría a ser parte de sus dominios.

Cuando nos disponíamos a entrar en el bosque escuché las primeras palabras luego de un largo silencio. Cristian preguntó si conocíamos la historia de ese lugar. Mariano y yo negamos con la cabeza, caminando sobre la pinocha, entre las primeras sombras de los pinos. Los dos nos esperábamos una de las historias de Cristian y no nos sorprendió que quisiera iniciarla justo mientras las sombras del bosque nos envolvían.

Luego de una larga pausa, Cristian volvió a hablar. Dijo que había escuchado esa historia contada por un vendedor ambulante, un anciano que pasaba cada tanto por su casa, y al que su mamá le compraba productos de costura. El anciano le contó que en el lugar donde vimos las ruinas había existido una gran estancia un siglo atrás. Apenas quedaban algunas paredes destruidas de lo que fue el edificio principal en otra época.

Existía una leyenda sobre este lugar al que llamaban “páramos de cenizas”. Llevaba ese nombre porque la estancia se había incendiado y quedado abandonada. Antes del incendio, una familia de hacendados provenientes de la capital pasaba ahí los veranos. Se dedicaban a la fabricación y exportación de textiles. Esta familia tenía propiedades y negocios en varios continentes. Fábricas de tela en India, plantaciones de arroz en China, extracción de petróleo en el norte de América, administraban todo desde sus oficinas en la capital.

Tenían también unas plantaciones de algodón en el norte del país, donde usaban mano de obra esclava. Una anciana que trabajaba en esa plantación, a la que hacían trabajar y maltrataban, les echó una maldición que cayó sobre todos los miembros de la familia. Lo hizo fabricando muñecos de cada uno de ellos con el mismo material de la cosecha y exponiendo a cada una de las figuras a macabras torturas.

La familia estaba formada por padre, madre, tres hijas y un pequeño niño. Primero sufrieron la pérdida de la madre que enfermó y murió en poco tiempo. Le siguió la hija mayor quien murió ahogada mientras dormía en su cama. El padre desesperado investigó a qué se podía deber semejante tragedia. Por largo tiempo no supo nada, pero luego de enfermar y morir la hermana del medio uno de los capataces de sus plantaciones habló y le contó que había escuchado un rumor sobre una anciana que practicaba la brujería en sus plantaciones, y que le había echado una maldición.

El padre desesperado viajó hasta donde estaba la anciana y le pidió que por favor deshiciera la maldición. Que podía tomar su vida, pero perdonara la vida a sus dos hijos más pequeños. Solo le quedaban su hija de diez y un pequeño de seis años. La anciana lo miró por un largo rato con desconfianza y luego sentenció que para salvar lo que quedaba de su familia debería arrepentirse de todo el mal hecho a sus esclavos. Si liberaba a todos los esclavos que tenía trabajando en sus plantaciones, sus hijos se salvarían, pero él ya estaba condenado y moriría en poco tiempo.

Así fue como el condenado hizo lo que la bruja le ordenó, arrepintiéndose del mal hecho, liberando a todos sus esclavos y despidiéndose de sus hijos. Al mes cayó muerto como lo dijo la anciana, pero sus dos hijos más pequeños le sobrevivieron.

Los dos hermanos acompañados de su abuela materna y algunos sirvientes eran lo último que quedaba de aquella adinerada familia y habitaron la estancia lindera al bosque. El vendedor ambulante contó que nunca pudieron vivir en paz. En la estancia, por las noches, eran perturbados por espectros. Las almas en pena de aquellos caídos muertos por maltrato durante décadas en las plantaciones de la familia. Con los años la abuela falleció y ellos llegaron a adultos con severos problemas de salud.

Durante los últimos años de su vida, vivieron en esta alejada estancia como ermitaños. Decían seguir viendo fantasmas que paseaban gimiendo por los pasillos de la estancia por las noches. Nunca se supo cómo, pero una noche el fuego consumió la estancia, de la que ya no se recuerda su verdadero nombre. Desde ese momento se conoció a este lúgubre y desolado lugar con el nombre de “páramos de cenizas”. Los dos hermanos perecieron en el incendio, ya eran adultos y sufrieron hasta el último de sus días la pesada herencia de su familia.

Cristian terminó su historia diciendo que algunas noches de luna llena se puede ver a los dos hermanos vagando por los alrededores de los páramos, siguen escapando de los espectros que los atormentaron en vida. Como si la maldición nunca hubiera terminado. Logran escapar ingresando al interior del bosque donde los espectros de los esclavos no pueden seguirlos.

Cuando Cristian terminó la historia ya hacía rato que caminábamos por el bosque entre el musgo y ramas caídas. Creo que Mariano estaba igual de aterrado que yo porque no emitió palabra alguna. Podríamos creer en que la historia era una mentira inventada por nuestro amigo. Eso nunca lo supimos porque Cristian siempre aseguró que se trataba de una historia real. Los tres seguimos caminamos en silencio por el sendero que llevaba hacia los barrancos.

***

Luego de un par de horas de caminar sin parar llegamos a nuestro objetivo; los barrancos que marcaban el final del bosque. Los tres llevábamos nuestras mochilas repletas, al llegar ahí parecían pesar el triple que cuando iniciamos el viaje. La vegetación se interrumpió y una angosta saliente era lo único que nos separaba de una caída de más de treinta metros hasta la playa. El sol nos encegueció al salir de la oscuridad del bosque. Cuando nuestros ojos se acostumbraron tuvimos ante nosotros un mirador privilegiado del océano.

Buscamos el empinado sendero que nos llevaría abajo por la pared del barranco. Ya era mediodía y la playa estaba apenas poblada por cangrejos y gaviotas. Tiramos nuestras mochilas y nos echamos junto a ellas en la arena cerca de la orilla. Estuvimos largo rato sentados, mirando las olas romper hasta que se pasó nuestro cansancio y llenamos nuestros ojos de olas y espuma.

Jugamos durante horas corriendo, persiguiendo cangrejos y gaviotas; solitarios pobladores de la arena. Saltamos al mar y danzamos empujados por las olas entre gritos y risas. Después caímos rendidos y sentimos nuestros corazones agitados. Nos vimos aislados y acompañados a la vez; momentos inolvidables que me acompañarían por siempre.

Con el atardecer llegó la calma. Ante el mar rojizo, arrullados por el hechizo de su oleaje sin fin, preparamos una fogata. Cristian y yo volvimos a subir y trajimos ramas del bosque. En la playa Mariano encontró madera de viejos pinos, esos que caen del barranco al final de sus vidas. Armamos la carpa junto a la fogata y preparamos todo para pasar la noche.

Recuerdo el crepitar del fuego iluminando nuestras caras mientras las olas rompían a nuestros pies. El sol extinguiéndose a nuestras espaldas, cayendo sobre el barranco y los pinos. El enorme y oscuro bosque nos observaba silencioso desde arriba. Junto al mar y la arena eran los únicos conocedores de nuestro secreto.

El gran disco blanco se elevó de entre las profundidades del océano en su cambio de turno con el sol. Comimos y charlamos sin interrupción por más de dos horas. Cuando terminamos de comer nos recostamos mirando el cielo estrellado. Cristian aprovechó el lugar y el momento para contarnos otra de sus historias sobre un leñador que habitaba una cabaña en lo profundo del bosque.

Con Mariano nos miramos y riendo le preguntamos si esta historia se la había contado el mismo anciano, el vendedor ambulante que pasaba por su casa. Él lo negó y dijo que era una muy conocida por los pobladores de la zona. Que seguro no la habíamos escuchado porque los adultos no se la cuentan a los niños para no asustarlos. Pero él se la había escuchado contar a su padre, durante una cena, a sus tíos en su casa.

Nos contó que años atrás, una tarde, la mujer del leñador salió a recoger flores por el bosque mientras él trabajaba. En su paseo encontró unas hermosas flores que crecían en la pared del barranco en un lugar muy difícil de acceder. Se recostó al filo del acantilado y se estiró para poder tomarlas. Pero parte del suelo cedió bajo ella, y cayó de una gran altura sobre las rocas a los pies del barranco.

Ya entrada la noche el leñador llegó a la cabaña y no encontrando a su amada, la buscó por los senderos que acostumbraba recorrer hasta hallar el lugar donde el barranco cedió. La encontró tendida sobre las rocas entre la marea que estaba subiendo. Desesperado corrió hacia ella. La creyó muerta, pero luego notó que respiraba de manera muy suave. Todavía estaba con vida.

Con su amada en brazos se dirigió a otra cabaña del bosque donde habitaba una anciana que era curandera y que tenía fama de hacer brujería. Ella lo dejó entrar y le ayudó a recostar a su amada moribunda en una cama. La anciana revisó a la mujer y le dijo al leñador que era demasiado tarde para salvarla. Que estaba agonizando y no tardaría en atravesar las puertas de la muerte.

Él, llorando, desesperado, le pidió que la ayudara, que no la dejara morir. La anciana lo miró con lástima y le dijo que ya era muy tarde, que ella ya no podía hacer nada. Al rato la mujer exhaló su último aliento. La anciana viendo al hombre llorando tan triste y acongojado le dijo que había algo que ella podía hacer para que ellos dos volvieran a estar juntos. Él le suplicó que le dijera qué hacer, haría cualquier cosa por volver a estar junto a ella.

La anciana buscó de entre sus cosas una pequeña botella y se la entregó. Le dijo que la próxima noche sería luna llena. Que esperara a que esta estuviera en el punto máximo de su ascenso en el cielo y que en ese momento sepultara a su amada. Debería verter siete gotas del brebaje de la botella sobre la tumba esa misma noche. Luego debería esperar siete lunas. Debería volver a la tumba y quedarse ahí cuando el astro llegara otra vez al punto máximo de su ascenso en el cielo. Por último, le pidió que nunca mencionara nada de esto a nadie.

El leñador, resignado, se marchó con el cuerpo de su amada en brazos. A la noche siguiente la sepultó en un claro del bosque. Vertió las siete gotas de la botella y se marchó. Durante la espera de las siete lunas, él siempre soñaba el mismo sueño. Su amada golpeaba por las noches la puerta de la cabaña queriendo entrar, pero sin lograrlo. Cada vez que él abría la puerta los golpes cesaban y no había nadie afuera.

Cuando llegó el momento de la séptima luna llena el leñador se dirigió a la tumba de su amada y esperó a que la luna ascendiera en el cielo. Cuando llegó a su cenit, el jardín alrededor de la tumba se llenó de niebla y de entre la niebla surgió una figura blanquecina. Era su amada que volvía del reino de los muertos. Intentó besarla o abrazarla, pero su figura estaba compuesta de niebla. La miró a los ojos por un instante. Pero en el mismo instante en que la luna abandonó el centro de la escena, el espectro de su amada desapareció.

La historia terminó y los tres nos quedamos un largo rato en silencio. Mientras, el fuego seguía iluminando nuestras caras y las olas seguían rompiendo en la orilla. Todo había cambiado a nuestro alrededor después del relato. Nos metimos en la carpa y debí haber caído dormido sobre las mantas, porque no recuerdo nada más.

***

Una fuerte sacudida me despertó. Al sentarme dentro de la carpa pude ver la cara sonriente de Cristian entre penumbras. Escuché su voz primero lejana y que palabra a palabra intentaba comprender a medida que me despertaba. Me decía que deberíamos dar los tres un paseo por el bosque. Luego despertó a Mariano que roncaba a mi lado.

Sacó unas linternas de su mochila y nos entregó una a cada uno. Dijo que lo siguiéramos. Ya era casi medianoche. Sacando un plano del bosque dibujado por él, nos mostró una gran X que marcaba nuestro destino. Pero insistió en que no revelaría de qué se trataba hasta que no estuviéramos ahí. Aclaró que había encontrado este sitio tiempo atrás y que estaba esperando la oportunidad para poder visitarlo otra vez desde hacía tiempo. Le parecía una buena oportunidad para volver. Sabía que si nos avisaba antes de llegar ahí no lo hubiéramos aceptado.

Mariano y yo nos miramos desconcertados. Pero Cristian insistió y suplicó tanto que los dos aceptamos acompañar a nuestro amigo. Iluminó el reloj en su muñeca con la linterna y nos dijo que nos apuráramos. Nos abrigamos y abandonamos el campamento, donde solo quedaba un madero humeante de lo que había sido nuestra fogata. Arriba la luna llena nos iluminaba desde lo más alto del cielo.

Subimos el estrecho pasadizo por el que habíamos bajado a la playa. Entre el sonido de los animales nocturnos nos metimos otra vez en el bosque que a esa hora era más oscuro que el cielo. Caminamos con Cristian delante alumbrando el mapa y siguiendo un sendero casi imperceptible entre pinos, ramas y piedras.

Me temblaban las piernas mientras caminaba junto a Mariano detrás de Cristian por ese bosque que parecía haberse tragado toda luz del mundo. Caminamos con paso tembloroso cortando la oscuridad con los tres haces de luz.

En cierto momento Cristian se detuvo y nos dijo que habíamos llegado. Iluminó con su linterna una gran roca delante de nosotros y nos dijo que la cabaña se encontraba más allá de esa gran piedra. Los tres apagamos nuestras linternas y nos acercamos en silencio a la roca. Nos trepamos a esta entre la hojarasca y ramas caídas tratando de hacer el menor ruido posible. Cuando estuvimos en su cima pudimos ver luz más adelante entre los árboles. En ese lugar se encontraba una cabaña de madera. Salía un hilo de humo por la chimenea y se podía ver una tenue luz desde su interior por una de las ventanas.

Cristian nos susurró que el leñador debía estar dentro todavía y que teníamos que esperar a que salga para seguirlo. Cristian prendió su linterna para ver la hora en su reloj, nos dijo que todavía faltaba una media hora para que la luna alcanzara el cenit y que el leñador no debería tardar en salir. Nos confesó que ya había estado ahí antes a esa hora y que lo había visto salir, pero no se animó a seguirlo porque estaba solo. Parecía ser que el ritual se repetía cada siete ciclos lunares. Esa noche se cumplían justo siete desde que Cristian había estado ahí.

Nos recostamos sobre la gran roca para ocultarnos. Vigilando cada tanto y esperando que se hiciera la hora para seguir adelante. Arriba la luna se acercaba a su momento culminante. Nos quedamos un rato mirándola en silencio hasta que un sonido nos hizo reaccionar. Escuchamos la puerta que se abría en la cabaña. Era el leñador que salía y se alejaba de nosotros desapareciendo entre los pinos.

Los tres nos miramos dándonos cuenta de que había llegado el momento decisivo. El único que había estado antes en ese lugar era Cristian, y no había logrado llegar más allá de ese mismo punto. Los tres nos miramos y estábamos temblando, espantados. Aun así, nos deslizamos de la roca en silencio y caminamos detrás de él. Dejamos una distancia segura para que no nos viera ni nos escuchara. Caminamos tratando de no hacer ruido y con las linternas apagadas.

Nuestros ojos luchaban para acostumbrarse a la total oscuridad. Luego de un rato de caminar en lo más profundo del bosque logramos guiarnos por algunos rayos que se filtraban entre los altos pinos. Escuchábamos el ruido que el robusto leñador hacía al avanzar entre las ramas.

Luego de varios cientos de metros, nuestro hombre se detuvo en medio de un bajo tapado por la niebla. Nosotros nos quedamos ocultos en la oscuridad entre los árboles que rodeaban el lugar. Era un claro donde no había árboles y la luna iluminaba un jardín con flores y con una piedra en su centro. Las flores y la piedra parecían flotar sobre un manto de niebla.

Al mirar con detenimiento pudimos ver que la piedra rectangular tenía un grabado en uno de sus lados. Los tres nos miramos asustados. Creo que ni el mismo Cristian creyó hasta ese momento que la historia fuese real por completo. Pero esa lápida se convirtió en el símbolo de la certeza.

Nos quedamos agachados entre los pinos fuera del claro donde estaba el leñador. Mientras, él entró en el jardín y se arrodilló ante la lápida hundiendo parte de sí en el manto de niebla. Unió sus manos sobre sus piernas. Sus hombros abandonaban su posición de firmeza y todo su cuerpo se rindió ante esa piedra.

Estuvimos un largo rato esperando hasta que pudimos ver cómo la niebla comenzó a elevarse del suelo. La noche estaba en calma y no se movía ni una rama de los pinos a nuestro alrededor. Pero dentro de ese jardín parecía haber una tempestad. Las nubes de niebla se arremolinaron alrededor del leñador cubriéndolo por completo.

Al rato el movimiento se tranquilizó y las nubes bajaron hasta reposar otra vez en el piso para dejarlo ante una silueta. Una forma humana arrodillada ante él y formada de la misma niebla del suelo acercó los labios a los del leñador. Mientras se besaban la silueta se fue desvaneciendo hasta desaparecer dejándolo otra vez solo.

Hoy no puedo evitar dudar de mi memoria y pensar que todo lo visto en ese jardín de niebla fue quizás una alucinación causada por la sugestión y el miedo. Pero es así como lo recuerdo y no puedo mentir. Después de ese último momento todo está muy borroso y confuso. Creo que salimos espantados y corrimos sin parar atravesando el bosque entero hasta llegar al barranco y la playa.

No pegamos un ojo durante el resto de la noche, y apenas despuntó el alba ya habíamos desarmado la carpa y juntado todo en nuestras mochilas. Partimos bordeando el bosque contra la costa para no pasar cerca de la cabaña del leñador. Al final llegamos al páramo, luego al camino de piedras y por último a nuestras casas. Juramos nunca contarle a nadie lo que vimos esa noche, por miedo a que nos trataran de locos. Nuestros padres no sospecharon nunca algo al respecto y el secreto quedó bien guardado por siempre. Hasta hoy, que he decidido contarlo todo en estas páginas.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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