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El Marino

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Cuando nos mudamos a los suburbios yo tenía ocho años y mi hermana cuatro. Dejamos amigos atrás, lugares especiales que desaparecerían para siempre. Nos mudamos porque papá había comenzado a trabajar como marinero en un barco de pesca. Se ausentaba por semanas y según decía mi mamá ese lugar estaba lejos de todo; lejos de los tíos, los abuelos, de la escuela, la ciudad y la gente. Con muy pocas casas alrededor, sin electricidad y, en algunas ocasiones, hasta sin agua corriente.

Seguro no fue fácil vivir ahí; aunque en mis recuerdos ese lugar era algo así como un paraíso. Todavía puedo verme corriendo con mi perra por el campito. Cazando mestizos con mi jaula trampera para soltarlos después. Las noches estrelladas de verano donde solo se escuchaban los grillos y podía verse una ancha franja surcando el cielo llena de estrellas.

Pero había llegado el momento que lo cambió todo. Cuando llevamos a mi papá en el auto con mi mamá y mi hermana hasta el puerto para abordar en su primer viaje. Yo sentía miedo de que algo le pudiera pasar. Era chico todavía para entenderlo mientras acompañaba a mi papá a su primera experiencia, aunque sé ahora que mis miedos no eran infundados. Ser tripulante de un barco pesquero es llevar una vida peligrosa. En aquel entonces había naufragios cada tanto y muchas veces con víctimas fatales.

En ese entonces él era la imagen de todo lo que yo admiraba y deseaba ser algún día. Siempre fue alguien reservado, pero jugaba conmigo, me hacía reír y disfrutábamos de estar juntos. Sabía llevarme al cine a ver películas y maratones de dibujos animados. No contábamos con mucho dinero entonces, aun así no recuerdo que eso fuera un problema para pasarla bien.

No fue fácil darse cuenta, mientras nos dirigíamos en el auto al puerto, pero creo que él tenía tanto o más miedo que yo. No estaba iniciando este nuevo trabajo como una aventura. Había tenido que dejar su anterior trabajo por falta de ingresos para mantenernos. Mis padres decían que era una época de economía difícil. Aunque dijeron eso de todas las épocas que siguieron después. Nunca escuché que alguna fuera fácil.

Esa época fue la peor de todas para mí porque se llevaba a mi papá lejos de mí. De ahí en más, él se alejaría por semanas y a veces por meses. La vida tiene esos momentos dolorosos, a él le tocó el sacrificio al alejarse de todo lo que formaba su vida hasta entonces. Nunca lo escuché quejarse, pero estoy seguro de que lo hacía en silencio.

Ya no estaría todos los días para despertarme por la mañana, o darme un beso y arroparme por las noches. A medida que los largos viajes nos separaban llegaron los cambios que la vida produjo en cada uno por separado, con las distintas experiencias del mundo que lo rodeaba. Yo experimentaba su ausencia; él la frustración y dificultad de vivir aislado en un barco y muy pocos días en casa con su familia.

Desde que comenzó con la vida de marino en casa siempre estábamos atentos a sus llamados. Podía comunicarse usando la radio del barco, debía llamar a un oficial de comunicaciones en tierra, quien nos llamaba por teléfono a casa para poder hablar. Una de esas donde uno debe decir “cambio” para dar la palabra al otro. Por entonces, cada vez que el teléfono sonaba, se me encogía el corazón.

Cuando no era él sentía una gran decepción, pero cuando sí era él quien provocaba ese repiqueteo metálico del teléfono, me invadía uno de esos momentos de felicidad absoluta, donde todo lo demás de este mundo queda fuera y solo hay lugar para esa experiencia. Esos instantes en que podía conversar con él por teléfono, aun sabiendo que estaba sobre un buque lejos en el mar, todo parecía perfecto otra vez. Dejábamos de pensar en los problemas y situaciones sin importancia. Aunque le hablaba poco y de manera tímida, ansiaba que volviera para tenerlo de vuelta a mi lado.

Así pasaron años de desencuentro, algunos parecieron más largos que otros según como lo dictara la vida. Mi hermana pasó de los cuatro a los ocho años apenas viendo a su papi. Yo de los ocho a los doce. Cuando él volvía de un viaje, llegaba a casa y en pocos días queríamos hacer lo que no habíamos podido en varias semanas. Veíamos películas los cuatro juntos o salíamos a comer y pasear, pero luego se volvía a marchar y el corto encanto se rompía. Volvía esa misma sensación de desgarro, de desprenderse de algo muy valioso. No solo se marchaba, también se llevaba parte de nosotros con él.

Un día, mientras anochecía, sonó el teléfono. Mi mamá se me adelantó y atendió mientras yo esperaba a su lado junto a mi hermana. Vi en su cara un gesto de alarma, no era el llamado de siempre. No veía que hablara, solo asentía y escuchaba de manera atenta. Luego saludó y colgó. Se quedó con la mano sobre el teléfono un rato, con la mirada perdida y triste. Después de un rato nos miró a mi hermana, a mí y se puso a llorar.

Luego todo fue apuro e incertidumbre. Mamá no decía nada mientras armaba un bolso con rapidez. Nos hizo sacar los piyamas que teníamos para ir a dormir y nos pusimos ropa para salir a la calle. Nos llevó al auto y dijo que nos llevaría a casa de los tíos. Yo le preguntaba por mi papá y ella repetía diciendo que estaba todo bien mientras nos marchábamos.

Llegamos y apenas saludamos me mandaron con mi hermana a la habitación de mis dos primos mayores. Ellos nos preguntaban a mi hermana y a mí qué había pasado, pero nosotros no sabíamos. No entendíamos nada, yo estaba muy preocupado, las lágrimas de mi mamá no me decían nada bueno. Los cuatro escuchamos que mis tíos y mi mamá conversaban en la otra sala. Mi primo y yo pusimos las orejas en la puerta del cuarto. Escuchamos que hablaban en voz baja, mamá estaba muy alterada desde que recibió ese llamado. Solo llegué a entender unas pocas palabras: “No hay que decirles nada a los chicos. Todavía no se sabe que pasó. Todavía no sabemos si están vivos.”

Luego de escuchar esas palabras lo entendí todo. El corazón se me resquebrajó mientras mi mente aturdida buscaba una explicación a esa locura que me congelaba el alma. Uno nunca está preparado, ni tiene edad suficiente, para saber ciertas cosas y enfrentar ciertos miedos.

Salí corriendo de la casa de mis tíos sin parar, sin que nadie lograra detenerme, con miedo a que algo me alcanzara. Escapando de lo que sentía, de lo que no podía enfrentar en ese momento. Pasé por la plaza, por la escuela, hasta llegar a la avenida que llevaba a nuestra antigua casa en el campo. La que no veía desde que nos habíamos marchado varios años atrás, el lugar donde había quedado olvidada parte de mi infancia.

Con el sol poniéndose en el horizonte, caí rendido con mi último respiro, al pie del eucalipto de la entrada de mi antiguo hogar. Donde años atrás colgaba de una cuerda una vieja cubierta que ya no estaba. Mis puños cayeron con furia sobre la corteza del árbol. Repetidas veces con todas las fuerzas que me quedaban. Y seguí hasta no tener ya nada que dar más que lágrimas y lamentos.

Cuando me calmé me quedé sentado a los pies del inerte gigante y miré los últimos rayos de luz hasta que la penumbra me envolvió. Mientras aparecían las primeras estrellas pensaba en mi papá. Sabiendo cómo había sufrido yo su ausencia, la posibilidad de que esta fuera permanente me aterraba. Nos recordé en el cine iluminados por la pantalla mientras comíamos pochoclos. Recordé cómo yo lo miraba riendo y eso me hacía feliz.

Tirado en la calle a oscuras escuchaba los grillos y los sonidos nocturnos del campo. Mis pensamientos quedaron colgados en la soledad de esa calle rural. Por donde nadie pasó en el tiempo que estuve ahí hasta que me dormí.

***

Entre sueños me vi en el auto con mi hermana a un lado y mi mamá conduciendo, pero volví a dormirme. Desperté ya de día en mi cama y mi hermana ya no estaba en la habitación. Escuché voces que llegaban desde la cocina y caminé descalzo hasta ahí. Papá estaba parado y apoyado en la mesada tomando mate. Lo vi y corrí a abrazarlo. Mi mamá y mi hermana estaban sentadas a la mesa. No podía creerlo; lo estaba abrazando otra vez después de todo lo que había sufrido. No lo solté y estuve largo rato aferrado a su cintura con los ojos cerrados. Luego él se agachó y me dijo:

—Tranquilo, está todo bien. ¿Qué hiciste ayer? Tu mamá casi se infarta cuando no te encontró en la casa de los tíos. Nuestros vecinos de la casa del campo te vieron y la llamaron. Te podría haber pasado algo muy feo, che. No vuelvas a hacerlo por favor.

Dijo esto con voz suave, suplicando, como si fuera incapaz de regañarme en ese momento.

—¿Qué te pasó papá? Escuché a mamá llorando y diciendo que no sabía si estaban vivos. Creí que ya…que ya no te volvería a ver.

—No te voy a mentir, el barco se fue a pique. Una falla de las bombas de achique hizo que se hundiera. Fue cerca de la costa y pudimos salvarnos todos. Nos rescató Prefectura ayer a la tarde, pocas horas después de que te escaparas de la casa de tus tíos. Ellos llamaron a tu mamá para avisarle que estábamos ya en tierra y a salvo. Sin embargo, ella no pudo descansar porque vos desapareciste. Pobre mujer, qué día le hicimos pasar entre vos y yo. Está con los nervios arruinados desde ayer.

La miré a ella y le pedí por favor que me perdonara. Después me agaché y abracé a mi hermanita que me miraba triste. Por fin todo había terminado.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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Los catorce relatos que forman este libro tratan sobre las aventuras de la infancia; lidiar con los desencuentros; las separaciones que se generan tanto con la distancia como con el paso del tiempo; la perdida de lo más querido y los inesperados reencuentros. Los protagonistas de estas historias a veces sienten que la esperanza está perdida, que se acabó el amor, que su mundo se cae a pedazos. Pero movidos por un fuego interno, logran encontrar nuevas fuerzas para recuperar lo perdido y entender de que están hechos en lo más profundo de su ser.

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