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Despertar a oscuras

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Abro los ojos pero sigo a oscuras, me duele la cabeza, el costado, los codos, las rodillas, tengo frío, mucho frío, estoy acostado, intento levantarme, siento las piernas tiesas, me apoyo con mis dos manos en el piso, palpo cartón, me esfuerzo, me levanto, todo gira a mi alrededor, vuelvo a acostarme, tengo un dolor intenso en la cabeza, miro arriba, no veo el techo, tampoco el cielo, pero siento el viento, giro la cabeza a mi derecha, aberturas en una pared, a lo lejos nubes en la noche, mástiles iluminados por la luna, olor a puerto, giro al otro lado, no veo nada, extiendo la mano, toco bolsas, muchas bolsas llenas de cosas, lo intento otra vez, me apoyo con esfuerzo, elevo un poco la cabeza, miro al frente, veo un fuego ardiendo a pocos metros, una figura sentada, estoy mareado, todo gira, se mueve, me mira, se levanta, se me acerca.

—¿Cómo estás? —me pregunta.

—¿Dónde estoy?

—En el astillero…bueno, antes era un astillero.

—¿Cómo llegué acá?

—Yo te traje.

—¿De dónde?

—¿En serio no te acordás lo qué pasó?

—No. ¿Qué pasó?

—Te caíste de la escollera.

—¿De la escollera?

—Estuviste a un pelo de matarte.

—…no me acuerdo…

—Te vi de lejos, estabas parado en el borde, caíste al agua y empezaste a gritar, corrí y te pude agarrar, al forcejear para subirte por las piedras te golpeaste la cabeza y te desmayaste.

—¿Cuándo pasó todo esto?

—Ayer a la tarde, dormiste hasta recién, ya es de madrugada.

—…me duele mucho la cabeza…me cuesta pensar…te agradezco todo lo que hiciste ¿Cómo te llamás?

—Soy Miguel —dice y estira la mano.

—Yo, Julio —digo y se la estrecho— no sé cómo llegué hasta la escollera, no me acuerdo de nada.

—Seguro es por el golpe, ya te vas a acordar, tranquilo.

—¿Y esta ropa de quién es?

—Estabas empapado así que junté algo de ropa, tengo mucha en mis bolsas, te cambié y después te dejé cerca del fuego.

—¿Por qué hiciste todo eso por mí? No me conocés, no tenés idea de quién soy.

—Debe ser al hábito, yo antes era enfermero.

—¿Y por qué estás acá ahora? —le pregunto.

—…va a ser mejor que duermas un rato. Ya te revisé la herida en la cabeza, tenés varios moretones en el resto del cuerpo, por golpear con las piedras después de caer. Tomá una manta, no está muy limpia pero te va a abrigar, a esta hora es cuando se pone más frío, te voy a acercar el tacho con el fuego.

—Pero quiero saber…

—Haceme caso che, por la mañana tomamos unos mates y charlamos.

—Está bien…gracias por todo, Miguel.

—De nada, descansá, dale.

Me tapo con la manta que huele a tierra y humedad, me acomodo sobre los cartones, me doy vuelta contra las bolsas y me duermo.

***

Abro los ojos y veo la luz del día, siento la vejiga que me está por explotar, me levanto dolorido, salgo fuera del edificio, oculto tras una pared libero y llega el alivio, vuelvo al edificio y lo recorro, con la luz del día el astillero abandonado cobra sus dimensiones reales, es un galpón enorme y antiguo, tiene un techo de tinglados de chapa, con grandes agujeros en algunas partes, en la pared del frente que da a una calle abandonada hay aberturas, la mayoría tapiadas, solamente dos están abiertas, veo los barcos a lo lejos, escucho pasar gaviotas, también algún que otro camión, vuelvo a mi lugar, me siento sobre los cartones, a un metro hay un tacho de chapa con fuego prendido, sobre las llamas hay una pava que comienza a silbar, escucho unos pasos que se acercan, veo llegar a Miguel con un mate en la mano, me mira y sonríe.

—¿Cómo está mi compañero el buzo? ¿Tenés planeada otra expedición hoy? Cuidado con las piedras esta vez.

Se acerca al tacho, agarra la pava, ceba un mate y me lo alcanza.

—Tomá un mate calentito, vengo de buscar algo de yerba de los barcos, los muchachos ya me conocen.

—Gracias, tengo frío y hambre.

—Ahora te traigo unas Criollitas, es lo único que tengo por acá. —Miguel se aleja, camina hasta unos gabinetes de chapa oxidada en la pared más cercana, sorbo el mate, siento el agua que me calienta de a poco, la boca, la garganta, llega a mi estómago que gruñe del hambre. Vuelve con un paquete de galletitas.

—Tomá, comé algo.

—Gracias, rico el mate.

—No hay como un buen mate para empezar el día, que me saquen todo, pero que nunca falte el mate —dice esto y se ríe, se sienta al lado mío, ceba y toma.

—¿Ya te acordás de algo?

—De cómo llegué a la escollera no me acuerdo nada…está borrado.

—¿Y de antes? Contame de dónde saliste por lo menos.

—Qué sé yo, los últimos meses han sido una mierda la verdad.

—Me gusta escuchar historias, largala, dale.

—Hace un par de semanas abandoné mi departamento porque ya no lo podía pagar. Dormí en la casa de uno que otro amigo, pero me cansé de vivir de prestado. Estaba buscando algún lugar donde poder pasar la noche sin pagar…y eso es lo último que me acuerdo.

—¿Qué pasó con el departamento?

—Es que me quedé sin laburo hace unos meses, achique de personal en la empresa en la que trabajaba. Igual estaba harto de esa mierda, una oficina contable, mucha presión y poca plata.

—Pero… ¿no tenés familia a la que pedirle ayuda?

—Mis viejos viven en el norte, estoy peleado con ellos, me vine solo a los veintiuno, no he vuelto a verlos.

—Se ve que no la estás pasando nada bien. Pero tampoco es para tanto Julio, vos sos muy pichón todavía, tenés la vida entera para volver a empezar.

—No pienso volver a laburar en una oficina, me siento como un preso obligado a pasar tantas horas entre cuatro paredes.

—Bueno, qué sé yo, podés buscar otra cosa, ¿qué te gustaría hacer?

—No sé.

—Algo tiene que haber. A mí me gusta pescar, no es lo que se dice un laburo, pero saco para comer casi todos los días, el resto lo saco de la basura, no te imaginás las cosas que tira la gente.

—Debe ser lindo pescar.

—En aquel rincón tengo mi caña, por la mañana después de tomar unos mates siempre tiro unas líneas en la escollera. Te puedo enseñar, si querés.

—Me gustaría. ¿Así que sacás para comer casi todos los días?

—Ayer saqué uno grande, pero no me lo pude comer porque resultó ser…un boludo que se había caído al agua. —me pasa otro mate y reímos juntos.

—Che, Miguel.

—¿Qué, pibe?

—Se me ocurre algo.

—¿Se puede saber qué?

—Si me dejás que me quede unos días acá, hasta que consiga algo para hacer, yo me puedo acomodar en algún rincón y no te voy a molestar.

—¡Eso no!

—Solo hasta que consiga algo.

—Todos empiezan igual, después te acostumbrás y no te vas más, ya conozco la historia, ya la viví.

—Te prometo que no.

—No Julio, esta no es vida para vos.

—Pero si es vida para vos ¿por qué no para mí?

—No entendés nada, yo ya estoy jugado, hace años me aparté del mundo.

—Yo también me aparté, no pienso volver.

—No digas boludeces por favor, apenas tuviste un tropiezo, mañana te devuelvo tus pilchas lavadas, vas a buscar algo para ganar unos mangos y conseguir un lugar donde vivir.

—No, no pienso irme…

—Te vas a ir y nada de ser orgulloso, si tenés que dormir de un amigo para zafar lo hacés y listo.

—¡No! no es solo eso, además de todo lo que te conté hay algo más…

—¿Qué más hay?

—Que ella me dejó, me dijo que ya no me quería, me dejó en el peor momento la muy hija de puta —lo solté y sentí asco al nombrarla, me di cuenta de que la odiaba con todo mi ser, después nos quedamos callados por un largo rato hasta que Miguel volvió a hablar.

—Tranquilo Julio, ya se te va a pasar, creeme.

—Decime algo, Miguel ¿cómo terminaste vos acá? Anoche te lo pregunté y no me contestaste.

—Eso no importa…es cosa mía.

—No me pienso ir de acá hasta que no me lo cuentes.

—¡Mirá qué manipulador terminó siendo el clavadista de escolleras! —Se ceba un mate, lo toma en silencio, mientras mira el piso y se ríe.

—Voy a buscar la caña, así vamos a pescar y te enseño.

Ceba otro mate y me lo da, se levanta y va al fondo del edificio, aparece con una caña y una cajita de herramientas.

—Vamos, dale.

Salimos del astillero hacia la escollera. Al salir miro al gigante en ruinas, rodeado por altos arbustos como una barba abandonada. El asfalto de la calle que pisamos tiene viejas y gruesas cicatrices que no sanan. Después de caminar varios minutos en silencio llegamos a la punta de la escollera. Las olas rompen con furia en las piedras gastadas bajo nuestros pies.

—¿Acá me encontraste Miguel?

—Unos metros más atrás, en un lugar con pocas piedras, elegiste bien el lugar donde caer.

Miguel apoya la caja y la caña en el hormigón, abre la caja donde tiene carnada, boyas, anzuelos, plomadas, pinza, alicate. Arma el anzuelo, toma la caña, la lleva hacia atrás con decisión, hace una pausa y le da un gran tirón de golpe, con el impulso de todo su cuerpo lanza la línea lejos hacia el mar.

—Así se tira una línea. Ahora la traigo y lo intentás vos. —Cuando retira la línea del agua, me pasa la caña, hago un primer intento inútil, la línea queda tirada en las piedras más cercanas, sigo probando una y otra vez, él vuelve a hablar.

—Quedate esta noche y descansá un poco más si querés, pero creo que lo mejor que podés hacer mañana es volver a retomar tu vida donde la dejaste.

—Gracias Miguel. Te tengo que decir algo.

—Decime.

—Hoy te mentí, cuando me preguntaste si había algo que me gustara hacer y te dije que no sabía, te mentí.

—¿Y eso por qué?

—¿Qué sé yo? Creo que me da vergüenza, pero hay algo que me gusta hacer, hasta creo que soy bueno.

—¿Qué es eso que te gusta?

—Me gusta dibujar, es algo que siempre me ha gustado. Tengo una carpeta con bocetos que dejé en la casa de un amigo. Es algo que me gustaría seguir haciendo.

—Qué bien, eso es algo bueno, me alegro por vos. —Volvemos al silencio mientras sigo intentando línea tras línea. Después de estar sin hablar lo que parecieron un par de horas él vuelve a hablarme.

—Trabajaba en un hospital, estaba casado con Ana, teníamos una hija de ocho años llamada Alicia. A veces trabajaba de noche. Una mañana al volver al departamento las encontré a las dos muertas, se asfixiaron con monóxido de carbono durante la noche. Intenté revivirlas, pero fue inútil, llevaban horas muertas, sus cuerpos estaban fríos. Fue mi culpa, por no poner un mejor calefactor en la pieza, era pleno junio, hacía mucho frío esa noche, cerraron la puerta y les faltó ventilación. —Deja de hablar y la línea queda flotando en el agua.

—Lo lamento mucho, Miguel.

—Yo también lo lamento y me maldigo cada puto día de mi vida…me hubiera matado hace años… ¿sabés?…pero estoy acá porque me merezco seguir sufriendo hasta morir viejo y solo.

Sus ojos están bañados en furia, su mirada se pierde a lo lejos, nos quedamos toda la tarde perdidos entre el romper de las olas, hasta que llega la noche y nos encuentra pescando.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
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