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Cinco hermanas

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Si existe una verdadera tragedia en esta vida, sin duda es ver morir a nuestros seres queridos. El sentir que nuestro mundo se desmorona, caen los techos y las columnas; se agrietan los cimientos de la vida a la que nos aferrábamos hasta ese momento; todo se hace escombros y luego vuela un fino polvo que tapa el sol y nos condena a estar a oscuras por largo tiempo.

Mi mamá tuvo cuatro hermanas, siendo la menor fue duro para ella verlas envejecer, enfermar y morir una por una. Esa experiencia a la que llamamos duelo ella debió vivirla demasiadas veces. Abuelos, padres, amigos y sus hermanas.

Cuando murió la mayor de mis tías yo era aún muy chico, pero la recuerdo bien. Fue triste no poder volver a ver más su imagen dentro de su casa fumando junto a sus tres perros pequineses. Era un ser tierno que siempre me recibía con una sonrisa, caramelos y algo rico para comer. Aunque solo presencié sus últimos años y no llegué a conocerla tan bien como hubiese querido.

Fue duro ver a toda la familia llorando cuando ella se fue y sobre todo ver sufrir tanto a mi mamá. Ella, que siempre se me había hecho tan fuerte y llena de desbordante energía, se transformó desde ese momento ante mis ojos, en alguien demasiado sensible para soportar los retos que la vida le tenía preparados.

Años después se marchó su segunda hermana, cuando yo era ya un adolescente. Preferí no ir a su velatorio, todos a los que había asistido hasta entonces me dejaron reticente a querer presenciarlos. El espectáculo de ver un cuerpo sin vida dentro de un féretro se me hizo una imagen repulsiva e imposible de soportar. Tampoco fui a otros funerales posteriores durante los siguientes años. Algo llamó mi atención durante aquellos días. Recuerdo a mi mamá sufriendo, llorando desesperada al recibir la noticia. Acudía con toda la familia a la ceremonia de despedida, luego pasaba algunos días deprimida y sollozando encerrada en su cuarto. Pero luego desaparecía durante algunas noches sin que mi papá o yo supiéramos dónde estaba. Imaginábamos que se reuniría con sus hermanas restantes.

Hasta que un día le llegó la hora a la cuarta. Por entonces yo ya era adulto con esposa y un hijo, entendía que despedir a la última de sus hermanas sería brutal, debido a eso decidí acompañarla en todo momento para cuidar de ella. Acudimos a la ceremonia con el resto de la familia donde ya no estaba ninguna de mis cuatro tías. El velatorio fue tan lúgubre y triste como los recordaba. El dolor marcado en el rostro de todos los presentes se me hizo difícil de llevar. Pero el estado de mi diminuta mamá, a la que tenía abrazada, sosteniendo su mano en todo momento, el sentirla llorar sin consuelo a mi lado, eso directamente me era insoportable, una verdadera daga en mi corazón.

En un momento le dije que se sentara, que le traería algo de tomar. Al ir en busca de un vaso de agua pasé cerca de un grupo de personas donde estaban varios de mis primos conversando en voz baja. Eran todos mayores que yo, me detuve y nos saludamos. Me preguntaron por mi mamá, les dije que estaba obviamente muy afectada, que era terrible para ella perder a la última. Luego me marché para llevarle el agua a ella.

Después de un rato de estar sentado a su lado en una de las salas de la funeraria, me levanté para ir al baño. Al volver mi primo Darío me saludó y me pidió que saliéramos un rato. Nos fuimos fuera del edificio, le agradecí el aire puro. Darío dijo que tenía que confesarme algo. Algo que estaba seguro me costaría mucho creer. Comenzó diciéndome que había un secreto muy bien guardado en la familia. Qué él lo había descubierto durante los días siguientes a la muerte de su madre, la mayor de las cinco hermanas. Me contó que luego de que llevaron el féretro de su madre al cementerio, él visitó la tumba por varios días seguidos, pero muy tarde, cerca de la medianoche.

Cuando llegó la séptima noche, desde el entierro, presenció algo que lo conmocionó. Él había llegado a las once y media, unos minutos antes de la doce estaba por marcharse. Estaba ya a varios metros de la tumba de mi tía, cuando pudo ver cuatro siluetas que se reunían cerca de la lápida de su madre. Él se escondió detrás de unos árboles entre las lápidas para ver de qué se trataba esa extraña reunión. Pero lo que me contó a continuación me pareció totalmente inverosímil y no pude creerle. Me dijo que prendieron unas velas y las apoyaron sobre la lápida de su madre. Luego se tomaron de las manos formando una ronda alrededor de la lápida y las velas. Cantaron en voz baja lo que parecían unos versos que no pudo llegar a entender, le sonaron a otra lengua desconocida para él. Luego terminaban y volvían a recitar los mismos versos una y otra vez.

Repitieron su suave y repetitivo canto hasta que una luminiscencia comenzó a aparecer sobre el sepulcro y entonces se detuvieron. Apareció una niebla suavemente iluminada que giraba lentamente a los pies de las siluetas que nunca se soltaron de las manos. De la niebla surgió una figura como de una niña de color blanquecino y traslúcida. Como hecha de la misma niebla que giraba sobre el suelo. Un rato después la figura desapareció y las siluetas se marcharon en silencio del lugar.

A Darío se le ocurrió volver la noche siguiente a la misma hora, se escondió en el mismo lugar, esperando ver si se repetía la misma escena. Cuando llegó el momento, las cuatro se volvieron a presentar en el mismo lugar, prendieron las velas sobre la misma lápida y repitieron su canto en voz baja con esas palabras irreconocibles. Esta vez Darío se acercó lo más que pudo al lugar escondido detrás de una arboleda. Estando lo suficientemente cerca pudo identificarlas, por más que llevaban unos trajes negros con capucha que solo dejaban a la vista la parte baja de sus rostros, pudo reconocer que se trataba de las cuatro hermanas todavía con vida. Me confesó que entre ellas estaba mi mamá.

Siguió contándome su historia, explicándome cómo volvió al mismo lugar noche tras noche para presenciar la misma escena una y otra vez. Las hermanas cubiertas con sus trajes oscuros con capuchas formando una ronda, las velas sobre la lápida, la repetición de los cantos en voz baja sobre el sepulcro. Todas las noches aparecía la niebla que giraba a sus pies y luego la imagen de una niña pequeña. Por seis noches la figura de la niña se fue haciendo menos y menos traslúcida y blanquecina. Hasta que la séptima noche la figura tomó el aspecto de una niña normal de carne y hueso desnuda, ante los ojos desorbitados de Darío que seguía observando desde detrás de los árboles.

Me dijo que la niña estaba parada en el centro de la ronda junto a la lápida con los ojos cerrados un instante. Después se desplomó sobre el suelo del sepulcro. Entonces las hermanas la taparon con una manta, se quedaron un rato acariciándola y cuidándola. Al rato la niña abrió los ojos y abrazó a las mujeres entre llantos. Después las cuatro encapuchadas se llevaron a la niña caminando lentamente y se alejaron del lugar hasta desaparecer de la vista de mi primo.

Por último, Darío me confesó con voz entrecortada que reconoció a la niña que apareció luego de las siete noches del ritual de las hermanas. “No lo vas a poder creer, pero pude reconocerla, esa nena era mi mamá” me dijo. No pude salir del asombro y nos quedamos en silencio un largo rato parados en la vereda fuera de la funeraria. Cuando ya pude pensar un poco más claramente le pregunté si le había contado esa historia a alguien más, si le había preguntado y alertado de su descubrimiento a las tías o a mi mamá. Dijo que yo era la primera persona a la que se lo contaba, pero que necesitaba hacerlo luego de años de callarlo. Cuando le pregunté por qué no había dicho nada antes, me explicó que todo eso era tan extraño e inverosímil, que a veces no estaba seguro de haberlo presenciado y todo le parecía un mal sueño. Prefirió olvidarse del asunto, tiempo después se fue a vivir al exterior y había vuelto por este funeral hacía pocos días. Después del sepelio, él volvió a su residencia fuera del país y no hemos vuelto a vernos desde entonces.

Durante los días siguientes no pude dejar de pensar en la historia de mi primo. Era un relato fantástico e imposible, pero era la primera vez que él me contaba una historia así y sabía bien que no era del tipo de gente que se anda inventando historias para impresionar.

Decidí mudarme por unos días a la casa de mi infancia junto a mamá y a papá para acompañarlos en ese terrible momento. En cuanto a ella, los días posteriores al entierro se la pasó llorando encerrada en su cuarto. Pero luego de varios días, una noche, salió sin decir a donde iría.

La noche siguiente a que ella saliera decidí repetir la experiencia de mi primo y visitar el cementerio cerca de la medianoche, por pura curiosidad. La verdad es que no podía creer esa historia, pero a la vez no podía dejar de sentir cierto fuego en la sangre por descubrir la verdad. Las cuatro tumbas estaban en el mismo sitio, una al lado de la otra. Antes de la doce ya estaba oculto en la arboleda más cercana a los sepulcros. Esperé por largo rato hasta que vi llegar a cuatro siluetas en silencio. Una de ellas era más alta, las otras tres eran muy pequeñas. Me acerqué por detrás de los árboles lo más que pude en la oscuridad para intentar identificarlas. Pude ver por su altura, contextura y mentón que la más alta era mi mamá.

Las vi prender cuatro gruesas velas y colocarlas sobre la lápida de la última de mis tías en fallecer. Se tomaron de las manos formando una ronda alrededor de las velas y comenzaron a cantar unos suaves versos en un idioma que me sonó a latín, pero sin estar seguro. Repitieron el mismo canto varias veces por algo de media hora, hasta que la niebla blanquecina se hizo presente de a poco, girando lentamente a sus pies sobre la tierra todavía removida y sin césped del sepulcro.

El corazón me latía cada vez más rápido, un escalofrío me atravesó desde la nuca por la espalda hasta llegarme a las piernas, que me comenzaron a temblar sin poder detenerlas. Ante mis ojos apareció una figura humana, como de una niña hecha de niebla blanquecina y traslúcida entre las cuatro encapuchadas que callaron de golpe, tal como Darío me lo había contado. Luego de un rato la figura de la niña se disolvió entre la niebla. Las siluetas en trajes oscuros se soltaron las manos y se alejaron del lugar.

Seguí el mismo itinerario que Darío y visité el mismo lugar a la misma hora durante los siguientes días, sin contar nada a nadie e intentando no ver a mis padres para no llamar la atención. Necesitaba llegar hasta el final de todo esto y entender de qué se trataba. La séptima noche se repitió la misma ceremonia de las últimas seis, pero al final la figura de niebla de la niña tomó la forma, aspecto y solidez de una niña de carne y hueso sin ropas. La niebla desapareció, la niña cayó al piso, las cuatro figuras la taparon con una manta. Al rato la cubrieron por completo con la manta a medida que esta se pudo parar entre sollozos y abrazos.

Las cinco se marcharon lentamente del sepulcro llevándose las velas y sin dejar rastro de lo sucedido. Sin pensarlo las seguí a una distancia segura para que no pudieran verme. Caminaban siempre cubiertas por la oscuridad saliendo del cementerio y siguiendo una desolada calle por varias cuadras hasta llegar a un viejo caserón abandonado. Al llegar a la entrada pude ver que las siluetas entraban por la gran puerta principal entre la más completa oscuridad. Cuando cerraron la puerta tras ellas, me quedé un rato mirando el frente del caserón hasta que logré reconocerlo de viejas fotos familiares. Era la casa de mis abuelos donde mi mamá y sus hermanas habían pasado su infancia.

No me animé a tocar la puerta, intenté ver por las dos ventanas tapiadas en el frente junto a la puerta, bajo el alto techo de tejas de la entrada, pero no había luces o movimiento en el interior. En medio de la silenciosa noche escuché unas voces que venían desde detrás de la propiedad. Pude ver que había un pasillo que conducía al fondo en el extremo izquierdo de la casa. Este estaba cerrado por una alta reja de metal corroído. La trepé con esfuerzo, salté al pasillo y caminé en silencio sobre viejas baldosas desniveladas, siguiendo el sonido de las voces que me llegaban desde el fondo.

Al llegar al final del pasillo pude ver entre las sombras que a pocos metros de mí, en el parque del fondo de la casa, había una pareja adulta abrazada sentada en un banco, me daban la espalda y no podían verme. Ellos estaban mirando al centro del parque donde cinco seres se movían en la oscuridad.

La luna llena, oculta hasta ese momento, se hizo presente robándole sus sombras a la noche, entonces pude ver a las cinco figuras ya sin sus trajes negros. La de mayor altura era mi mamá, las otras cuatro mis tías vueltas a la infancia, la pareja sentada de espaldas eran mis abuelos.

Me quedé por largo rato oculto viéndolas correr de un lado para otro, se tomaban de las manos formando una ronda, reían mientras giraban sin parar más y más rápido, hasta marearse y caer sobre el césped. Después se levantaban y repetían sus juegos una y otra vez sin descanso.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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