“Not everything is what it seems” – Damián Furfuro…

Text in Spanish below / Texto en español abajo.

 
 
 
 
 
 

Fragment of the story: “Not everything is what it seems”:
    
I’m not sure where to start. First I’m going to tell you that when I was a little girl my father used to tell me the story of Descartes and his daughter Francine. I knew her by heart after countless repetitions, but I still waited anxiously to hear her ending. When she revealed that that little creature that the philosopher had taken by boat to cross the seas of Holland was not a child. It was an automaton, similar to her daughter Francine, who had died at the age of five. It was the story of a man so obsessed with the death of his daughter that he made a doll that imitated some human movements in order to combat her pain. When the story ended, my father would say a phrase that still resonates in my head: “not everything is what it seems”.
Now I’m going to tell you what happened to me a couple of days ago. It was getting dark, I was hoping that some customer would come to my place before closing and I remembered him telling that story again. He liked that story so much that he named me after that girl. The place is lost among the narrow streets of the south of the city. At the front I run a depilation business. The main clientele are women with tattoos, because I use a spectrum scanner that detects pigments that other techniques do not and thus avoids burning the tattooed skin.

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Text in Spanish below / Texto en español abajo.

Fragmento del relato: “No todo es lo que parece”

No sé bien por dónde empezar. Primero te voy a contar que cuando era una niña mi papá solía relatarme la historia de Descartes y su hija Francine. Me la conocía de memoria después de infinidad de repeticiones, pero igual esperaba ansiosa para escuchar su final. Cuando revelaba que aquella pequeña criatura que el filósofo había llevado en barco a recorrer los mares de Holanda no era una niña. Sino que se trataba de una autómata, parecida a su hija Francine, quien había muerto a los cinco años de edad. Era la historia de un hombre tan obsesionado con la muerte de su hija, que fabricó una muñeca, que imitaba algunos movimientos humanos, para lograr combatir su dolor. Cuando el cuento terminaba mi papá decía una frase que sigue resonando en mi cabeza: “no todo es lo que parece”. Ahora te voy a contar lo que me pasó hace un par de días. Estaba anocheciendo, esperaba que algún cliente llegara a mi local antes de cerrar y volví a recordarlo contando esa historia. Tanto le gustaba ese relato que me puso el nombre de esa nena. El local está perdido entre las angostas calles del sur de la ciudad. En la parte delantera hago funcionar un negocio de depilación. La principal clientela son las mujeres con tatuajes, porque utilizo un escáner de espectro que detecta los pigmentos que otras técnicas no y así se evita quemar la piel tatuada.

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“Llego a casa” de Damián Furfuro en “El narratorio…









Fragmento del relato: “Llego a casa”:

Llego a casa tarde, otra vez pasadas las ocho de la noche, todo el día trabajando desde muy temprano. Siempre creí que pasando los treinta correría menos y que estaría más tranquilo, pero qué equivocado estaba. Siento que los días pasan tan rápido que se me escurren entre los dedos, sin lograr sacar algo que disfrute de ellos. Mi vida se desarrolla día tras día, dentro de una calesita de monotonía interminable, que nunca para de girar y de la que no veo forma de poder bajarme.
Un trabajo sin motivaciones, el mal humor de la gente en la calle, horas enteras dentro de un auto entre el caos del tráfico, solo un engranaje más, un autómata movido por el designio de otros. Pienso esto y de forma inmediata me inunda la culpa, como si el quejarme estuviera prohibido y la culpa fuera mi castigo. Una doctrina social en acción, escrita con tinta invisible, en los renglones de mi inconsciente.
Sentirme alguien incapaz de rescatar lo bueno y bello de la vida, haber perdido la capacidad de disfrutar, me digo que no disfruto porque no quiero, pero quizás no pueda, porque perdí la habilidad de apreciar los pequeños placeres. Esa calesita de hastío me ha relegado al rincón de los frustrados, de los que se quejan de todo, de los que carecen ya de la sensibilidad para degustar de las cosas simples.
Llego a casa, la que fue siempre mi refugio de amor y paz junto a ella, pero hace tiempo que eso ha cambiado, de a poco y sin darnos cuenta. Tiempo atrás nos enamoramos, nos casamos muy jóvenes y por supuesto sin experiencia. Nunca fue cosa fácil, pero salimos adelante juntos. Siempre me sentí la oveja negra de la relación, el que más se equivocaba, el que más se quejaba.
Luego llegó él que lo cambió todo, nos cambió, me cambió para siempre. Nunca supe cómo explicarlo a quienes que no son padres. Solo puedo caer en la trillada frase “ser padre te cambia”. Por algunos años todo fue magia, aunque siguiera conviviendo con las mismas íntimas miserias. Ellos dos me hacían elevarme a mi mejor versión. Luego de cinco años llegó la ampliación, estas son siempre agotadoras e interminables. En medio de esa locura de ladrillos y vigas sin fin, ella camina embarazada.
Llego a casa y pienso en ella, siento que no tengo derecho alguno a la más pequeña queja, fue ella quien dio a luz a los mellizos. Antes sentía que la conocía de toda la vida, pero últimamente no logro reconocerla. Se abrió un abismo entre nosotros, uno lleno de pañales sucios, mamaderas, chupetes, noches en vela, de nunca más estar solos un rato. Dos continentes a la deriva, alejándose uno del otro.
Parece que desde que nacieron pasaron ya diez largos años. Pero no, ni siquiera llega a uno. No puedo disfrutarlos a ellos como lo hice con él. Lo siento injusto para todos y otra vez se dispara mi culpa. Son tan hermosos, me sonríen, se me acercan gateando, me buscan, pero no me encuentran. No lo soporto, me rompe el corazón, no sé qué hacer, siento el cuerpo entumecido y la mente agotada.
Estoy oculto tras una cara de áspera apatía, con el fastidio crecido, con labios incapaces de sonreír siquiera. Incapaz de demostrar el afecto que mi corazón siente, el que siento por las noches tarde cuando los veo dormidos, los dos como sonriendo con los ojos cerrados y yo incapaz de sonreír. Antes me la pasaba riendo a carcajadas por cualquier pavada, pero ahora siento que se me atraganta y mi risa es solo un espasmo, uno que se pierde en la comisura de mis labios.
A ella no llego a verla y eso me desespera. Solo veo una mujer agobiada. No se parece a la de siempre. Antes pura jovialidad y sonrisas. Ahora una diluida sombra de quien supo ser. ¿Puedo ser tan idiota? ¿Qué pretendo? Luego de un embarazo que puso a prueba todo su ser hasta el extremo, su mente y su espíritu. Recuerdo que la presioné para que deje de trabajar porque a los cinco meses parecía que explotaría. Nos preguntaban si estaba por dar a luz. Contestábamos que no, cansados de tanto repetirlo. “…está de cinco meses, es que son dos, son mellizos…”.
“Mellizos”, una palabra a la que nunca le había prestado mucha atención hasta que fue parte de mi vida, como a tantas palabras perdidas en el universo. No las avistamos hasta que entran y caen con gran peso en nuestro mundo. Luego se hacen parte de nosotros y aprendemos a convivir con el cráter que dejan en nuestra existencia. Son esas palabras que nombran nuestras experiencias más reales y brutales. Las que nos marcan y no pueden pasar desapercibidas. Son también las más entrañables e imposible vivir sin ellas luego de conocerlas.


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“El cofre” de Damián Furfuro en “El narratorio Nro.…











Fragmento del relato: “El cofre”:

Dormía con un pequeño cofre de madera, con terminaciones de acero corroído, bajo mi cama. Este había pertenecido a mi abuelo paterno que murió mientras era yo muy pequeño. Me habían contado que él me regaló este cofre para que guardara mis posesiones más preciadas; de la misma manera en que él lo había hecho durante toda su vida. 
Me recuerdo guardando en él todas las noches, antes de dormir, mis más valiosas reliquias. Mis autos y soldados de plástico, con los que jugaba todo el día. Alguna roca curiosa encontrada en el trayecto entre la escuela y mi casa; algún dibujo del cual estuviera orgulloso. Pensaba en mi abuelo mientras guardaba esas piezas durante la noche y al sacarlas por la mañana. Así, día tras día, siguiendo una especie de ritual. 
Tiempo después comenzaron los sueños. Él y yo visitábamos la playa y el muelle; paseando y corriendo sobre la arena. Me compraba unos pochoclos de un pequeño carro ambulante. Yo siempre pedía unos bañados con jarabe color rojo sabor frutilla. Después caminábamos charlando y riendo mientras comíamos. 
El final de esos sueños era siempre el mismo. Mi abuelo desapareciendo de mi lado. Quedando solo yo en la escena, como si él nunca hubiera estado ahí. En un momento creerlo a mi lado caminando junto a mí; en el siguiente: mirar y notar su ausencia. Darme cuenta que ya no estaba a mi lado me desesperaba. La playa, hasta hacía un momento calma entre el arrullo de las olas y la tibia brisa, era luego el escenario de una tormenta por llegar. Cuando el viento se esfuerza y enfría, el cielo oscurece y las olas rompen con furia.
Yo comenzaba a correr asustado por los truenos, la fuerza del viento y el mar embravecido. Veía a lo lejos el muelle y corría hacia ahí para protegerme pero el vendaval me arrastraba hacia al mar enfurecido. El horror se apoderaba de mí y despertaba de golpe, empapado en sudor y gritando. Ni en sueños podía tener de él su presencia. Al despertar gritaba llamándolo; pero él ya no estaba ahí y el sueño ya había terminado. 
Mis padres venían a mi habitación y yo les contaba, una vez más, que había soñado con él. Ellos se miraban tristes, ya conocían mi relato: era siempre el mismo. Se preguntaban el porqué de  el mismo sueño todas las noches, no teniendo respuesta. Desde que el cofre había llegado a mis manos, no había parado de preguntar sobre mi abuelo. La curiosidad me consumía, debía averiguarlo todo al respecto. Mi papá me contó que su padre había guardado en el cofre algunos recuerdos de su juventud sin saber explicarme cuáles. Yo me obsesionaba cada día más y más preguntándome qué habría guardado él ahí dentro.
Lo imaginaba guardando medallas ganadas en tierras lejanas; quizás algún pequeño catalejo de cuando fue marino; o tal vez sus antiparras sucias, luego de volar con su avioneta sobre el océano. Cuando llevaba estas historias a mi papá él me contaba que su padre nació en una isla rodeada por un gran río y trabajó en las plantaciones de manzanas de esa misma isla donde junto a mi abuela crió tres hijos varones. Cuando se quedó sin trabajo en la isla se mudaron a esta ciudad donde trabajó hasta morir enfermo. No había sido ni soldado, ni marino, ni aviador, mis heroicas historias sobre él se esfumaban y yo me marchaba desilusionado.
Mis padres no tardaron en culpar al viejo cofre de madera por causar mi obsesión y  mis sueños recurrentes. Un día, al llegar de la escuela, fui a buscarlo debajo de mi cama, pero el cofre ya no estaba ahí. En su lugar encontré una caja de zapatos con mis cosas. Corrí con mi mamá y le pregunté con voz entrecortada: 
—¿Dónde está el cofre de mi abuelo?
Ella se agachó y mientras me secaba las lágrimas con un pañuelo me habló. Dijo que el cofre estaba viejo y arruinado, por eso mi papá lo había tomado y tirado. Que era mejor así, esa cosa me podía hacer daño, era mejor deshacerse de eso. 
Apenas terminó de decir esto, recuerdo mirarla con furia y decirle: 
—Es lo único que tengo de él y me lo sacan ¡No pueden hacerme eso!




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