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Al final del pasillo por Damián Furfuro

Al final del pasillo

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Cuando cierro los ojos ella se me aparece y me mira desde el final de un pasillo. Me esperaba parada ahí a que me decida a acompañarla, más allá del pasillo y del parque del fondo a explorar el resto del barrio. Yo, indeciso, no la seguía y ella permanecía esperando sin inmutarse con infinita paciencia. Recuerdo su rostro infantil con expresión seria; el sol brillaba en sus cabellos largos y oscuros.

Es como si pudiera verla aún enfrente de mí; me miraba fijo con esos ojos dulces pero decididos. Pienso en todas las veces que se quedó esperando que yo me le acerque. Fue cuando nos mudamos a ese lugar con mis padres. Recién llegado, sin hermanos con quienes jugar, necesitaba un amigo. Ella fue la primera en acercarse, aunque era tímida y no me hablaba. Se quedaba esperando a que yo me decida a hacer el siguiente movimiento. Ella había hecho el primero, ahora me tocaba a mí. Con el tiempo me animé y le hablé. No recuerdo bien cómo fue, ni qué le dije, pero así comenzó nuestra amistad.

En ese lugar vivíamos en un pequeño departamento en medio de otros dos que daban a un pasillo. Este conducía a un parque en el fondo de la propiedad. Ella vivía en una cabaña de madera en ese parque. Siempre venía por la mañana y se quedaba parada en el pasillo sin acercarse a mi puerta. Yo la veía por la ventana, le avisaba a mi mamá y salía a su encuentro. Ella me tomaba de la mano y recorríamos el pasillo hasta su casa en el parque del fondo. Era una cabaña de madera elevada del suelo; una gran casa del árbol sobre columnas de madera entre los altos eucaliptos del parque.

Entre mi casa y la suya había un mundo creado por ambos, mitad mío y mitad de ella, piratas y marinos; vaqueros e indios, policías y ladrones. Cuando éramos piratas nos asomábamos desde las altas ventanas de su casa hacia el parque gritando y mirando todo como viejos marinos. El parque era el océano, la casa navegaba en el tranquilo oleaje de la mañana, la recuerdo sonriente y tranquila a mi lado.

Pero después llegó el invierno con sus días de encierro y frío. La lluvia que parecía nunca acabar fue un muro que impidió nuestro encuentro. Dejamos de vernos por semanas mientras la extrañaba y esperaba. Las pocas veces que tocaban a la puerta corría esperando que fuera ella, pero siempre me desilusionaba. Me dedicaba a dibujar tirado en el piso para pasar el tiempo. En mis dibujos estábamos juntos, me tomaba de la mano como siempre y nos escapábamos del frío, de la lluvia y de todo.

Muchas veces me había dicho que debíamos ir más allá del parque del fondo, a explorar la gran casona abandonada del otro lado de la cuadra, pero nunca lo hicimos. Ese lúgubre lugar me hacía parar los pelos de la nuca cada vez que pasaba por su frente. Pero igual yo nos dibujaba cruzando la cerca del fondo del parque, la que llevaba a la casona.

***

Pasaron los días, entre la tristeza y el aburrimiento se me ocurrió un plan. Esperé un momento en que la lluvia amainó un poco y escapé en silencio de mi casa. Corrí por el pasillo hasta el parque y golpeé a su puerta. Abrió y me evitó el encontrarme con su mamá. La miré decidido, le tomé la mano, ella me sonrió y no preguntó nada.

Cerró la puerta detrás de ella y salimos corriendo tomados de la mano, como siempre. Me sentí vivo otra vez, sentí que la había extrañado con todo mi ser, algo me faltaba y en ese momento lo recuperaba. La llevé hacia la casona mientras el sol caía en el horizonte detrás del manto de cielo nublado.

Tenía planeado entrar en la fortaleza, la que siempre avistábamos a la distancia con temor y recelo. Esa con sus altos techos de tejas y su gran torre de piedra en el frente. Cruzamos apurados la entrada trasera y el parque abandonado con sus altos pastizales. Todo en una carrera sin darnos tiempo de dudar, pasando entre la maleza y los sonidos de la noche que estaba llegando.

Dimos la vuelta a la casa hasta llegar a su frente. Subimos las escaleras de piedra de la entrada principal. Los dos parecíamos más pequeños que nunca ante esas dos enormes puertas de madera. Tomé el picaporte e intenté abrir, pero lo sentí inmóvil y desgastado en mi mano. Sin desanimarnos ante el primer problema buscamos otra entrada.

Nos dimos cuenta de que podíamos entrar por alguna de las ventanas. Probamos una a una mientras recorríamos la casa por fuera. Todas estaban cerradas, tapiadas con gruesas tablas de madera podridas en su mayoría. Encontramos una ventana con sus tablas destrozadas por la podredumbre y vimos que detrás tenía los vidrios rotos. Tiramos de las tablas y logramos abrirnos camino.

Entramos con trabajo y ayudándonos uno a otro. Ya dentro de la casa todo fue oscuridad hasta que la vista se me acostumbró y pude ver el interior de ese antiguo castillo tapado por largos años de polvo y telarañas. Muebles, lámparas, sillones, una antigua biblioteca despojada de sus libros, también un gran hogar de piedra con cenizas en su lecho.

Sentí haber viajado en el tiempo junto a ella. Apenas lográbamos ver algo con la tenue luz que entraba por un alto ventanal sobre la puerta principal. Sabíamos que teníamos muy poco tiempo antes de que oscureciera por completo. Ella me tomó de la mano, corrimos cruzando la sala abandonada y fuimos hacia arriba por la ancha escalera de mármol.

En la planta alta nos encontramos con todas las puertas cerradas hacia habitaciones que contenían el último aliento de otras épocas. Me imaginaba los rostros de quienes las habrían habitado, muertos largo tiempo atrás y pensaba en cómo pasarían ahí los días y las noches de sus vidas. Temerosos, sin soltarnos el uno del otro, soñamos seguro lo mismo, mientras recorríamos ese pasillo desierto. Sintiendo algo en el aire, como si pudiéramos percibir los fantasmas de los viejos residentes. Todo estaba cubierto de misterio, de olvido, entre la nostalgia de días pasados.

Superamos el temor y nos animamos a ir hasta el fondo del pasillo. Así llegamos hasta la puerta más grande de todas. Una de dos hojas desgastadas y despintadas. Entre los dos y con esfuerzo logramos abrirla de par en par para luego entrar juntos en la gran habitación.

Había una gran cama con altas columnas de madera y un techo de tela que la cubría entre polvo y telarañas. En frente de la cama, un gran ropero de madera lleno de tierra y rayones. Viejos retratos sobre una cómoda y en las paredes. Fotos en blanco y negro deterioradas y envejecidas después de largas décadas de abandono. Vimos con asombro extraños bigotes, peinados y vestidos. Nos miramos y sonreímos al ver ese mundo tan lejano y desconocido a nuestros ojos.

Entre sombras llegaba la noche y nos miramos decidiendo al fin abandonar la oscuridad de la casona. Nos aferramos uno al otro y pude sentir cómo ella temblaba en el frío de ese cuarto. Nos marchamos de la habitación, recorrimos el pasillo, bajamos la escalera, cruzamos la gran sala de estar mientras los fantasmas de la casa volvían a su habitual descanso.

Cruzamos el parque, atravesamos la cerca y llegamos de vuelta a su casa. La dejé en la puerta ya de noche. Antes de marcharme miré por última vez ese día esos hermosos ojos oscuros y le dije que la vería al día siguiente. Me sonrió, me dio un gran abrazo, un beso fugaz y cerró su puerta. Pude escuchar la voz de su mamá regañándola, luego volví en soledad a mi casa.

Es bueno poder reencontrarme con esos momentos en esta noche solitaria. Pienso que fue una buena idea que me atreviera a buscarla y visitar juntos la casona abandonada. La que años después fue derrumbada para construir en ese mismo lugar un moderno edificio y comercios.

Algunos meses después de esa aventura yo me mudé a otra casa lejos de ahí y nunca volví a saber de ella. Pero esta noche logro arrancarle preciados momentos al olvido, se me aparece nuevamente y me mira desde el final de ese viejo pasillo. Me espera con paciencia para ir otra vez, más allá del parque, a explorar la gran casona abandonada al otro lado de la cuadra.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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Los catorce relatos que forman este libro tratan sobre las aventuras de la infancia; lidiar con los desencuentros; las separaciones que se generan tanto con la distancia como con el paso del tiempo; la perdida de lo más querido y los inesperados reencuentros. Los protagonistas de estas historias a veces sienten que la esperanza está perdida, que se acabó el amor, que su mundo se cae a pedazos. Pero movidos por un fuego interno, logran encontrar nuevas fuerzas para recuperar lo perdido y entender de que están hechos en lo más profundo de su ser.

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