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Abril en la playa

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro

Lo primero que se me viene a la mente son aquellos sábados en que caminábamos hasta la playa para tomar mate y jugar en la orilla junto a tu hermano Víctor y tus amigos. Recuerdo a todo el grupo dando pasos por tu viejo barrio unas decenas de cuadras hasta la playa los sábados por la tarde.

Mientras todos ustedes estaban abandonando la adolescencia, yo recién entraba en esa etapa confusa y desesperada. Era la mascota del grupo, les gustaba hacerme hablar y reírse de mi voz cambiante e inestable. Tu hermano y tus dos amigos ya habían superado hacía unos años ese estado de vulnerabilidad en el que yo me encontraba. Me llevaban ventaja y me sentía avergonzado al escuchar sus voces ya parejas y formadas.

Creo que nunca te lo conté entonces, pero estaba enamorado de tu mejor amiga, aunque hoy no logre recordar su nombre. Ella era varios años mayor, pero eso no me importaba. Lo peor es que uno de los dos amigos de Víctor era su novio por entonces. Fue una situación incómoda, porque él me caía bien, pero yo no podía evitar sentir lo que sentía.

Me desgarraba estar cerca de ella sin que se percatara de mi presencia de la forma que yo deseaba. No sé cómo pude soportar ese doloroso sentimiento de agonía juvenil sin compartirlo con alguien. Todo de ella me gustaba; su rostro pálido de porcelana, su pelo castaño oscuro, sus ojos verdes y su cuerpo de mujer. La miraba intentando ser disimulado, mientras caminábamos hacia la playa, subiendo la gran loma de la plaza. Me sentía tan expuesto e incómodo cerca de ella, yo era solo un adolescente tonto que todavía no entendía nada.

Recuerdo una fría tarde de mediados de abril en la playa. Estaba feliz porque pronto sería mi cumpleaños. Me sentía bien corriendo y jugando con ustedes sobre la arena. Había momentos en que la diferencia de edad no se notaba, ya no necesitaba disimular, ni cuidar mis movimientos torpes o mi voz despareja, en esos momentos éramos todos chicos jugando juntos frente al océano; evitando que las olas mojaran nuestros pantalones de jean y zapatillas de lona. Esos jeans que hice comprar a mi mamá para tener los mismos que ustedes usaban. Para sentirme uno más, porque lo que no lograba disimular con actuación, intentaba complementarlo con camuflaje. Un tonto actor novato, esforzándome sin éxito para aparentar ser mayor.

Después de correr por horas y dejar innumerables huellas en la arena, nos tirábamos a descansar. Escribíamos nuestros nombres sobre la orilla para que luego las olas los borraran. Una pequeña metáfora de la existencia en ese simple acto, donde esas palabras desaparecían como todo lo haría algún día de este mundo. Pero esos sábados por la tarde la depresión adolescente no podía afectarnos, disfrutábamos de esos momentos como si no hubiera un mañana. Olvidando por completo lo que llegaría con la tarde del domingo. Nostalgia por la felicidad del sábado que quedaba en el pasado y angustia por la llegada del próximo lunes de escuela.

Disfrutaba de estar ahí sentado entre personas que imaginaba no tendrían mis dudas. Era muy ingenuo y creía que ustedes cinco, solo por ser mayores que yo, vivían rodeados de certezas. Aldana, no sabés lo incomodo que me sentía cuando veía a tu amiga apartarse de nosotros con su novio para besarse. Mientras, yo me sentía un nene que ella nunca podría tomar en serio. Al final decidía dejar de mirarla y sufrir y me disponía a alejarme del grupo en sentido contrario a ella. Miraba el atardecer avanzar sobre nosotros, con sus nubes rojizas que se disponían a teñir el océano hasta oscurecerlo por completo.

Vos te acercabas a mí como entendiéndolo todo, pero sin mencionarlo. Te sentabas a mi lado, me dabas charla y me hacías reír. Me preguntabas si me gustaba alguna compañera de la escuela. Yo negaba y evitaba hablar acerca de lo que sentía por tu amiga. Eso no importaba porque seguro vos ya lo sabías, tenías una gran intuición oculta tras esa aparente ingenuidad. Es como si escuchara otra vez tu risa entre el sonido de la brisa marina y las olas de ese atardecer de abril.

Luego la marea subía, sentíamos un fuerte sabor a salitre en la boca y un viento del sur más intenso nos congelaba el rostro. El sol terminaba de ocultarse y llegaba la noche. Lo lamentaba porque eso indicaba que era el momento de partir. Debíamos desandar nuestros pasos y volver a nuestras casas. Nos alejábamos de la playa y cruzábamos la avenida que separaba el balneario del resto de la ciudad, como atravesando una frontera entre un mundo feliz y la vida real.

Ya de noche subíamos otra vez la loma de la plaza, ahora iluminada por las lámparas de los altos postes. Un escenario vacío sin nadie más que nosotros seis pasando por la vereda. Al abandonar la cuadra de la plaza, tus tres amigos nos saludaban y se desviaban por otro camino hacia sus casas. Yo te seguía a vos y a tu hermano hasta tu casa. Luego debería seguir mi camino para volver solo a la mía. En medio de eso, me dijiste algo.

—¿Y si llamamos a tu mamá, le decimos que se nos hizo tarde y que sería más seguro que te quedes a dormir en casa?

No había nada que pudiera ponerme más feliz en ese momento. Mientras caminamos sentí que estaba en una aventura, algo más que una simple ida y vuelta a la playa. Agregando la noche en tu casa, la aventura se hacía inmejorable. Momentos llenos de magia que se generan cuando los compartimos con personas a las que queremos. En ese momento no podría haber imaginado que nos separaríamos algún día.

Tu hermano siempre me cuidó y me demostró, al igual que vos, lo que sentían por mí. Tus padres y los míos eran amigos de toda la vida, yo les decía tíos aunque no lo fueran. Tu hermano y vos eran los mejores amigos que alguna vez tuve. Víctor fue quien me enseñó a grabar mis primeros casetes y armar mis primeras mezclas. Las que luego escuchaba en mi casa, canciones que se marcarían en mí para siempre.

Cuando llegamos a tu casa los dos le avisaron a tus padres que me quedaría a dormir y después llamaron a mi mamá. Vos hiciste la llamada por teléfono, le dijiste que se quede tranquila, que me cuidarían bien, que al día siguiente después de desayunar volvería a casa con la luz del día. Que la pasaríamos muy bien juntos. Dijiste eso entre risas, con esa dulce seducción que solo vos podías poner en todo cuanto decías.

Yo escuchaba al lado tuyo sin perderme detalle. Temía que mi mamá se negará y todo el plan quedara en ruinas. Luego de hablar con vos, ella quiso hacerlo conmigo. Me pasaste el tubo y lo tomé deseando que ya la hubieras convencido. Porque sabía que había cometido un error, esa tarde cuando salí para ir a tu casa. Le había dicho que volvería antes del anochecer. Ya estaba pensando en que no lo lograría, que me vendría a buscar en el auto.

Puse el tubo en mi oreja, la escuché sin decir nada, me dijo que debería haberle avisado antes que pensaba quedarme a dormir. Le dije que eso no estaba en mis planes, que fuimos a la playa, se nos hizo tarde y que lo mejor sería quedarme. Luego de varias idas y vueltas dijo que “sí” al fin. Saludé y corté, soltando el tubo sobre el teléfono. Los miré y les dije que me habían permitido quedarme.

***

Hoy siento que no logré disfrutar lo suficiente de esa época. Me quedé con ganas de más, como pasa con los momentos que nos hacen sentir plenos, no queremos que terminen nunca. Me dijiste que harías un postre, ese que tanto me gustaba, con flan, vainillas y chocolate. Tu mamá dijo que haría unas pizzas y que había gaseosas. Ya estaba todo planeado y estábamos a punto de compartir un festín.

Con tu hermano nos fuimos a mirar tele, pero no daban nada bueno a esa hora en ninguno de los dos canales, así que nos fuimos al garage donde él tenía equipos de audio y casetes. Puso una de sus mezclas favoritas y nos sentamos en unas butacas a disfrutar de la música mirando al techo.

Al rato apareciste y nos dijiste que la cena estaba lista. Los cinco nos sentamos a la mesa donde ya estaba la pizza, una picada que preparó tu papá y las gaseosas. Mientras comíamos los tres le contamos a tus padres lo que hicimos esa tarde. En un momento a vos se te escapó un comentario y dijiste que me viste mirando varias veces a tu amiga, todos se rieron pero yo no dije nada. En ese momento pensé otra vez en ella y me resigné al reconocer que no tenía chance alguna.

Después de comer el postre ayudamos a levantar las cosas de la mesa y nos fuimos vos, tu hermano y yo a la sala, a ver otra vez si había algo bueno en la televisión. Nos sentamos en el largo sillón en frente del aparato. Tomamos el diario de ese día, que estaba sobre la mesa ratona de la sala, para ver cuál sería la programación para esa noche. A las diez comenzaba el último segmento antes del “cierre de trasmisión” hasta las once de la mañana del día siguiente. El segmento de las diez solo decía “Cine de sábados por la noche” y no mencionaba el título que transmitirían. Nos quedamos esperando y al rato comenzó. Yo estaba ansioso y deseando que fuera una de vaqueros o de extraterrestres. Que no fuera una romántica, como las que miraba mi mamá. Estaba expectante cuando comenzó. Con la pantalla oscura escuché aullidos, al rato aparecieron perros que corrían de noche hacia un castillo. Luego mostraban una diligencia que llegaba a un antiguo pueblo. Un hombre bajaba y entraba a un hostal. Cuando se presentó dijo: “Mi nombre es Harker, Jonathan Harker”.

Cuando leí el título en la pantalla se me pusieron los pelos de la nuca de punta. Era una de las versiones fílmicas de “Drácula”. Me encantaba el cine de terror y vería muchas otras de ese género después de esa, pero esta quedó para siempre en mi memoria. A esa hora no pasaban comerciales y fue una experiencia sin interrupciones. Me mantuvo al borde del sillón durante el tiempo que duró. Tus padres se fueron a acostar, nos quedamos con las luces apagadas y concentrados en la pantalla.

Cuando terminó, apagamos el aparato y nos marchamos a dormir. En la habitación de ustedes había tres camas; una cucheta y otra simple. Vos dormías en la simple junto a la puerta. Tu hermano me dejó dormir abajo y él arriba en la cucheta. Nos quedamos hablando largo rato. En el aire había quedado suspendida una sensación de espanto después de ver esa película. Al terminar de charlar, apagamos las luces y nos dispusimos a dormir.

Estaba con los ojos abiertos en la oscuridad. Sentía perros ladrar y aullar a lo lejos en medio de la noche. Luego de un rato ya me estaba acostumbrando y comencé a sentir sueño. De repente sentí una mano que me agarró con fuerza de la pantorrilla. Salté de la cama y al levantarme me di la cabeza contra la cama de arriba. Sentí un gran dolor en la cabeza y me paré en la oscuridad. Escuché risas, luego se prendieron las luces. Me vi parado junto a la puerta de la habitación, dolorido y con frío. Pude verlos a ustedes dos que reían apenas se prendió la luz, pero al verme cambiaron de expresión y pusieron caras de espanto.

—…pero estás sangrando… —me dijiste.

No lo había notado, pero al pegarme con la cama de arriba me había hecho un corte en la cabeza y la sangre corría sobre mi frente. Al juzgar por las caras que ustedes dos tenían, esa imagen debió haber sido más aterradora que la película. Vos me llevaste al baño, mientras tu hermano llamaba a tus padres. En el baño me hiciste agachar contra la pileta sin demora. Abriste la canilla y me mojaste la cabeza. En ese momento comencé a sentir un dolor más punzante. Vos me mojabas y me lavabas diciendo que no me asustara. Tus palabras me tranquilizaban mientras decías que todo estaría bien.

—Estás bien, es solo un corte pequeño, pero que sangra demasiado —me decías.

Luego llegaron tus padres que me llevaron a la cocina, me pusieron desinfectante, una venda y me aplicaron hielo envuelto en unas gasas para ayudar a que me bajara la inflamación y dejara de sangrar. Esa noche nadie durmió en tu casa. Al rato tu papá estaba preparando café, moliendo los granos con su antigua moledora de metal. Con el olor a café en el aire comencé a sentirme más aliviado y menos dolorido. En un rato pasamos de una noche turbulenta a una madrugada donde esperaríamos al sol tomando un rico desayuno.

Momentos después mi herida ya había parado de sangrar, tu mamá la miró y me dijo que siguiera aplicando el hielo. Nos sentamos a la mesa para desayunar juntos. Tomé café con leche preparado con café recién molido. Me gustó mucho más que el que tomaba en casa con café instantáneo. Ese fin de semana quedó en mi memoria como uno de los mejores momentos de mi vida. Debo llamarlo a Víctor, no habló con él hace demasiado tiempo. Ya nunca fue lo mismo luego de que te fuiste. Lo llamaré y será imposible no terminar hablando de vos.

Te recuerdo siempre cerca de mí, dando lo mejor, tu complicidad, tu actitud relajada, como si no temieras a nada, ni a nadie. Me veo junto a vos otra vez esa tarde sentados en esa playa de abril, igual que hace más de veinte años. Siento que podría decirte cuánto voy a extrañarte cuando te hayas ido. Pero no me animaría. ¿Para qué romper un momento tan perfecto como ese? Los dos mirando al horizonte como observando al infinito. ¿De qué serviría que te dijera lo que hoy sé? No podría hacerlo, no habría razón para eso. Porque no cambiaría ni un solo grano de arena de ese momento. Me quedaría ahí sentado, mirando ese mismo escenario, luego giraría para verlo reflejado en tus ojos, mientras el sol se pone a nuestras espaldas. Volvería a ver ese brillo tan especial que siempre tuvo tu mirada. Esa tarde en tus ojos no era otoño, en ellos siempre era primavera.

Relato parte del libro «Despertar a oscuras» de Damián Furfuro
Portada de "Despertar a oscuras"
Portada de “Despertar a oscuras”
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