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Laura & Gabriel

Un relato dramático y con algo de romance

Se acerca a la casa en la oscuridad y ve luz a través de las ventanas. Escucha que desde dentro le dicen que está abierto, gira el picaporte y entra. Escucha el crepitar del fuego en el hogar, huele la madera quemándose y escucha otra vez la misma voz que le habla desde la sala.

—Estoy acá, primero limpiate los pies, cerrá con llave y después vení.

Él pasa, cierra con llave la puerta y camina pasando por un pequeño comedor hasta la sala a su izquierda. Hay dos sillones mirando hacia el fuego que le dan la espalda, se acerca y la ve sentada con una taza de té en la mano.

—Sentate en el sillón Gabriel y calentate un poco, hace mucho frío allá afuera.

—Gracias ma.

—¿Querés que te prepare algo caliente, un té, una sopa?

—No gracias, estoy bien ma ¿Cómo estás vos?

—Yo bien, tu papá y tus hermanos ya se acostaron pero yo…ya me conocés, nunca me puedo acostar  hasta que están todos en la casa.

—Sí, ya lo sé, perdóname por volver tan tarde.

—Estás muy pálido ¿Es por el frio o te pasó algo? ¿Estabas enfrente con Laura como siempre? ¿No me digas que se pelearon otra vez?

—No quiero hablar de eso ahora.

—Como quieras. Antes de que me olvide, tengo algo que te olvidaste.

—¿Qué cosa?

—Tu llave, por eso dejé la puerta sin llave, la dejaste en la mesa otra vez.

—¿Estás segura de que es mi llave?

—Si Gabriel, es tu llave, te la olvidas la mayoría de las veces. Por favor tenela con vos y no la pierdas. Y no me importa si vas solamente en frente a estar con Laura, siempre cerrá y llevala con vos por favor.

—Igual ya no creo que nos volvamos a ver con Laura.

—Si me dieran mil australes por cada vez que escuché eso…Ahora que llegaste me quedo tranquila y me voy a dormir.

Ella se levanta, le da un beso en la frente y le acaricia el pelo.

—Hasta mañana hijo, no te acuestes tarde que mañana tenés escuela, que descases.

—Gracias,  que descanses ma.

Él la ve alejarse  y subir la escalera. Escucha los escalones de madera rechinar bajo sus pies hasta que ella entra en su habitación y cierra la puerta. Él se queda mirando la llave iluminada por el fuego en su mano.

***

—¿Te acordás de cuando nos conocimos?

—Claro que me acuerdo.

—¿Qué edad teníamos?

—Teníamos doce los dos, cuando vos te mudaste a la casa enfrente de la mía.

—Sí, nos mudamos mi vieja y yo solas, después de que murió Ana, cuando mis viejos se estaban divorciando.

—Me acuerdo, siempre estabas triste. No puedo imaginarme vivir algo tan duro, pero me acuerdo que vos y tu mamá eran muy unidas.

—¿ Qué haces parado ahí al lado de la puerta Gabriel?  vení y abrazame que tengo frio.          

—Estoy incómodo Laura, sabés bien que no soporto los hospitales, desde que murió mamá comencé a odiarlos. Me podés decir porqué me trajiste a ver a este viejo ¿Quién es?

—Tené paciencia, ya te voy a decir, abrazame fuerte dale.

—¿Estará dormido o en coma?

—Estábamos hablando de Ana ¿Podés dejar al pobre hombre en paz?

—Está bien, perdón, seguí por favor.

—Siempre me lamenté de que no pudieras conocerla. Ustedes dos se parecían mucho, podrían haber sido grandes amigos.

—Yo también lamento no haberla conocido. Nunca te pregunté pero…vos y ella tenían esa conexión que dicen que existe entre gemelos.

—No, salvo…

—¿Qué?

—…es que nunca había sentido nada parecido hasta pocos días antes de que muriera. Durante esos días tuve el mismo sueño todas las noches.            

—¿Pudiste ver lo que estaba por pasar?

—No, pero había algo raro, como que presentía algo malo.

—Perdoname si te traigo todo eso de vuelta.

—No te preocupes, Ana está bien.

—¿Seguís hablando con ella?

—Si, sé que nunca me creíste, pero ella y yo hablamos.

—Es que es imposible, sé que hay personas que les hablan a sus seres queridos  fallecidos pero…

—¿Qué?

—…que no reciben respuesta.         

—No siempre sale.

—Pero decime ¿Cómo lo hacés?

—Las veces que pude hacerlo fue siempre de noche, en mi habitación cerrada con llave y a oscuras. Me sentaba en el piso con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y la llamaba. Ella me respondía, no podía verla pero sentía su presencia enfrente de mí. Como si estuviéramos las dos  sentadas con las piernas cruzadas una en frente de la otra, como cuando éramos chicas y charlábamos en el piso de nuestra habitación antes de acostarnos.

—No puedo creer que sea verdad, seguro creaste esa ilusión para luchar contra el dolor.

—Entiendo que te parezca cosa de locos, pero yo sé que es real.

—Está bien, no quiero discutir con vos sobre ese tema, es muy delicado. Pero por favor, ahora decime de una vez por todas por qué me trajiste a ver a esta persona.

—Está bien, ya es tiempo ¿En serio no lo reconoces?

—No, para nada. Es un hombre mayor que está internado y no se me ocurre quién puede es, ni porqué estamos acá.

—Ese sos vos Gabriel.

—Dejate de joder Laura.

—Es verdad Gabi.

—¿Por qué me decís algo tan ridículo?

—¿Vos acaso te podes acordar de cómo llegamos acá?

—La verdad no sé, creo que vinimos caminando…

—Ves que no te acordás.

—Eso es una broma estúpida. Dejate de joder por favor.

—Es la verdad, te lo juro.

—A ver, si lo que decís es verdad, si yo soy ese hombre, vos donde estás en realidad Laura.

—¿No te podes acordar verdad?

—No lo sé ¿Dónde estás?

—Yo estoy muerta Gabriel.

—¿Muerta? Pero no me digas eso por favor.

—Es la verdad Gabi.

—¿Cómo paso esto? ¿Ya se terminó?

—Fuimos muy felices por muchos años, pensar que si Ana no hubiera muerto, nunca nos hubiéramos mudado con mamá enfrente de tu casa y nunca te habría conocido.

—Nos vamos a volver a ver alguna vez Laura.

—Eso no lo sé Gabi.

***

Abro los ojos, veo todo borroso, estoy acostado en una cama, algo me cubre la boca y la nariz. Tengo una aguja clavada en el brazo derecho y no tengo fuerzas para moverme. Esfuerzo la vista y veo dos siluetas, no distingo los detalles, estamos dentro de un cuarto. Una me agarra del brazo, me inyecta algo, otra le habla desde el otro lado de la cama. Me levanta  el parpado, me alumbra con una linterna, me habla y escucho su voz lejana.

—¿Me escucha?

Intento responderle, pero abro la boca y apenas susurro.

—No lo puedo escuchar, por favor hable un poco más fuerte.

—¿Dónde estoy?

—En un hospital, sufrió un accidente, estuvo en coma tres días y acaba de despertar ¿Cómo se siente?

—Confundido.

—No se preocupe, ya se va a sentir mejor.

—Necesito mis lentes ¿dónde están?

—Acá están —me los coloco y la miro, ella tiene una mirada dulce, el pelo castaño recogido, una bata blanca de médico, me recuerda a Laura.

—Lo dejo que descanse pero volveré a verlo en mi próxima ronda. Cualquier cosa que necesite pulse este botón y una enfermera vendrá enseguida.

—Muchas gracias.

Ella se marcha de la habitación. Por la ventana veo como llega la noche y una a una se prende las luces de los edificios cercanos, mientras, pienso otra vez en Laura.

Dedicado a Ana Laura

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