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Carne

Era todos los días igual, repitiéndose sin pausa una y otra vez desde que fui destinado a la planta. Me la pasaba cortando presas en trozos, moviendo los carros de metal que llegaban a mi puesto, patinando sobre el piso inundado de sangre. Cada uno de mis días estaba lleno de carne, trozada, procesada, empaquetada al vacío, almacenada en cámaras de frio y enviada después a las ciudades.

Todos los que estábamos en la planta trabajábamos, dormíamos y vivíamos todos los días de nuestras vidas en ese lugar. Nos alimentaban con una sopa espesa, hecha con los restos hervidos de la misma carne que procesábamos. Vivíamos en grandes edificaciones rodeadas por los bosques donde vivían los animales y las plantas que estaba prohibido comer. 

Dentro de la planta pude ver a muchos jóvenes no soportar esa vida y marchar a la salida por su propia voluntad, hartos de ese lugar. Varias veces me acerqué a esas puertas blancas, al final de ese largo pasillo bien iluminado, pero nunca me animé a abrirlas. Nunca escuché nada ni pude ver nada de lo que pasaba del otro lado de esas puertas. Soñé muchas noches con escapar, vivir entre los árboles, ríos y lagos junto a los seres de la tierra y del agua. También fueron muchas las veces que subí a la terraza burlando a los guardias para ver la lejana línea verde del bosque. Los edificios eran todos  iguales, de gran altura y formaban una cuadricula que se extendía hacia todos lados casi sin fin. A lo lejos se podía ver las verdes copas de los árboles que rodeaban las edificaciones. 

Un día trabajando dentro de la planta descubrí un área que no conocía, vi que preparaban presas completas, sin trozar, sin procesar. Me interesé por esta área, con el tiempo logré que me trasladaran ahí para averiguar de qué se trataba. Una vez ahí aprendí como preparar presas para ser trasladadas enteras y con vida. Se les inducia un estado de coma que las mantenía con vida para ser trasladarlas a las ciudades más allá de los bosques. Nunca pude descubrir el objetivo de estos cargamentos. Averiguar de qué se trataba se convirtió para mí en una obsesión. Pasaron meses hasta que llegó el momento en que me di cuenta de que tenía un plan, uno que parecía infalible y que tenía que iniciar cuanto antes. 

Una mañana me levanté decidido, llegué a mi puesto donde aplicaba los químicos necesarios a las presas vivas listas para ser trasladadas, esperé el  horario del almuerzo y cuando la seguridad se encontraba más vulnerable lo hice. Me desnudé, me introduje en una de las bolsas, me metí en la boca una ampolla que me haría permanecer en estado vegetativo, en una dosis menor a la que se aplicaba a las presas y que me permitiría despertar en poco tiempo. Desnudo dentro de la bolsa, colgado de un gancho en la cinta transportadora, apreté el botón del tablero cercano a la cinta que se puso en movimiento y cerré la bolsa por completo desde dentro. Me inyecté el  suero que me alimentaría durante mi viaje, me puse la máscara de oxígeno en la cara, mordí  la ampolla dentro de mi boca y me preparé a que hiciera efecto. 

Desperté entre vibraciones, de a poco fue saliendo de un sueño profundo. Sentía la aguja de suero en mi brazo, la máscara de oxígeno en mi cara pero no podía ver nada en la oscuridad. Pude darme cuenta de que estaba en proceso de traslado hacia las ciudades, pero al rato me volví a dormir hasta que desperté de golpe cuando el vehículo se detuvo. Vi algo de luz, imaginé que habían abierto las puertas y estaban a punto de sacarme de ahí junto con las presas. La cinta que sostenía los ganchos se puso en movimiento otra vez y me sacó de la oscuridad del vehículo a la luz del exterior. Escuché los sonidos de la calle, los pájaros, las personas, pero poco después la luz se fue y supe que estaba otra vez bajo techo. 

Sentí personas moviéndose, hablando y el sonido de las bolsas al ser sacadas de los ganchos. Hasta que fue mi turno y sentí como mi cuerpo era retirado del gancho del que colgaba. Me tiraron sobre una superficie plana que comenzó a moverse, rato después se detuvo, me mantuve inmóvil, con los ojos cerrados mientras me retiraban de la bolsa, me sacaban las mascara y el suero. Me pasaron un líquido por todo el cuerpo y me colocaron algunos parches y agujas. Primero había dos voces, pero al rato una se fue, sentí sus pasos fuera de la sala y supe que éramos solo dos ahí dentro. Acercó un carrito hasta mi lado y se movía como preparando todo. Me recordó como yo lo hacía con mis herramientas en la planta, para desmembrar las presas, cortando músculos, tendones, cartílagos y huesos entre la sangre.

Se me acercó y sentí que me estaba poniendo una máscara, olí el aroma del químico cuando abrí mis ojos. Él se paralizó, me miró asustado y no le di tiempo. Miré a mi lado, vi las herramientas, tomé la más larga, punzante y se la clavé en la garganta. Se alejó a los tumbos tirando todo a su alrededor hasta terminar en el piso desangrándose con los ojos desorbitados. Me levanté y me paré junto a la camilla desnudo y pisando la sangre con los pies descalzos. Una de las paredes tenía una pantalla que mostraba paso a paso lo que se debía hacer, igual que en la planta pero esta vez el procedimiento era más delicado y preciso. Debía extraer los órganos de la presa y colocarlos en unos recipientes que estaban almacenados en unas estanterías sobre una de las paredes de la sala. 

Busqué un uniforme limpio, tomé el cuerpo, lo coloqué sobre la camilla y procedí. Seguí meticulosamente las indicaciones de las imágenes, textos y voz que emitía la pantalla guía hasta que logré completar  el procedimiento. Guardé los recipientes en la cámara de frio de la sala, ordené y limpié por completo el lugar, de la misma forma que lo hacía en la planta. Tome su ropa, llaves y tarjeta de identificación, fui a la sala contigua donde había duchas y me bañe. Me puse su ropa, pasé por varias puertas sin guardias con su tarjeta de identificación hasta que estuve en la calle. Una vez afuera pude ver altos edificios hacia mi derecha y el bosque a lo lejos hacia mi izquierda.

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