Drama

Cada séptimo año

1

Al levantarme dentro de esa habitación, durante los primeros días después de la mudanza, todo se sentía frío, extraño y ajeno. Como si todo eso a mí alrededor perteneciera a alguien más que no estaba presente. Yo mismo me sentía un extraño, alguien que no pertenecía a ese nuevo lugar, yo no estaba ahí, estaba en otro lado muy lejos de ahí, pero no podía verme, no podía saber dónde estaba, porque no tenía huellas que seguir para volver a casa.

Ya no estaba yo, ya no había huellas, ya no había casa donde volver, ya no había nada. Lo había perdido todo y no sentía que estuviera comenzando nada nuevo, era más bien como un duelo, donde solo se puede experimentar el dolor sin poder ver horizonte alguno, todo es final, todo es definitivo, no se vislumbra un nuevo comienzo, nada comienza, nada nace, nada crece en ese lugar, es el limbo mismo, todo está estático por completo, no hay atisbo de como comenzar, es el final, la escena y la obra han terminado.

Al levantarme descalzo pisaba el suelo frío que me helaba la sangre, que me hacía despertar por completo de los sueños en los que soñaba con mi casa, con todas las cosas que he soñado hasta hartarme y de las que nunca me canso de escribir; el sol asomando por sobre los eucaliptos, la escarcha sobre el pasto, un gallo cantando en la lejanía, relinchos y mugidos cercanos, aves cantando a otras aves.

Mi perra que me ladraba y gemía desde la puerta de atrás esperando a que yo salga y corra junto a ella entre el pasto, entre la escarcha, entre los primeros rayos del sol que calentaban el suelo. Al levantarme dentro de esa habitación oscura el único consuelo era recordar días pasados, otros momentos, otras mañanas, la otra habitación en la que antes me levantaba feliz, con ganas de salir afuera y soñar despierto, dentro de ese mundo que me rodeaba, que me llenaba por completo, en el que respiraba con gusto, en el que exhalaba cada aliento lleno de vida, entre risas y gritos, entre cachetes sonrosados y caras sonrientes.

Corriendo junto a mi perra por el campo, pateando piedras en la calle de tierra, saltando cardos, evitando las púas, hamacándome dentro de la cubierta vieja y ajada, trepando arboles hasta lo más alto, tirando piedras con la gomera, cazando pichones con mi jaula trampera. Mientras, el día se terminaba sin que yo me diera cuenta. Reaccionaba recién cuando el sol se perdía entre las arboledas del bosque, más allá de los alambrados.

Así fue como el recordar días pasados se volvió lo mejor de mis días en ese tiempo, mientras subsistía en medio de ese limbo del que no podía terminar de despertar, donde no encontraba nada que me forzara a terminar mi duelo y por fin volver a comenzar.

Donde levantaba mi cabeza de la almohada cada día deseando no terminar de soñar, para después seguir una rutina de desayunos, de guardapolvos, de caminatas a la escuela, de peleas con otros chicos, de golpes, moretones y de lágrimas. Volver corriendo enojado a casa, dando patadas a todo lo que encontrara en el camino, sin ganas de hacer nada, cerrar la puerta y llorar, deseando que llegue la noche, para volver a dormir y poder volver a soñar.


2

Recuerdo que aquel día ella llegó como a las seis de la tarde de buscar al nene de la escuela. Los agarró una tormenta al salir y venían los dos empapados. La recibí con una maté que ignoró, supe en ese acto, en ese mismo instante que todo estaba peor de lo que yo creía. Dejé que pase un rato, después de que se cambiaron y secaron, me puse a mirar tele con él.

Ella se fue a bañar, al rato bajó ya con ropa de entre casa pero no se acercó al sillón donde estábamos nosotros dos. Se quedó mirando el celular en la mesa de la cocina. Intenté no acercarme, veníamos discutiendo mucho en los últimos tiempos y ya sabía bien que no se debe enfrentar o siquiera acercarse a una fiera enojada. Es mejor esperar que coma, duerma y quizás intentar acercarse en la mañana cuando todo esté más tranquilo.

 Después hice la cena, cocinar siempre me tranquiliza y me ayuda con mi ansiedad. Toda actividad manual sin necesidad de  pensar mucho siempre me ayudó a relajarme. Me pongo los auriculares y escucho algo de música, mientras corto rodajas, pongo a hervir, freír u hornear. Parece mentira pero cada vez que yo me pongo a cocinar, ella se va al lavadero y se pone a lavar ropa. Parece algo automático, siempre que yo me pongo a hacer algún quehacer, ella hace lo mismo. Como si lo hiciera para nunca quedar en posición de desventaja, de parecer ociosa ante mi actividad.

Reconozco que ella siempre termina haciendo mucho más que yo en casa. Que yo no hacía mucho cuando nos fuimos a vivir juntos, pero cuando él nació todo cambió y me puse en marcha. Pero nunca la igualé y siempre había reproches del tipo que vos haces menos que yo, que si no te lo pido no hacés nada, qué harías si a mí me pasara algo, como te las arreglarías con el nene. Ella nunca había sido una mujer demandante al inicio de nuestra relación, pero durante los último años su actitud había cambiado mucho.

Llegué a pensar que el problema era yo, que quizás ya no me quería, que su amor por mí se había acabado, que al fin había logrado verme como era en realidad, dejando de lado todas esas falsas expectativas e idealismo del que están llenas las parejas los primeros tiempos, y que cuando agregamos un poco más de tiempo, todo cuaja y se pudre, porque si hay algo que pone las cosas en perspectiva es el tiempo mismo.

Algo parecido pasaba con los ingresos, ella siempre había ganado mejor que yo, cosa que beneficiaba a toda la familia, era mejor así, me hubiera sentido mal si ella ganara menos que yo. Pero no pude negarlo cuando apareció el tema en terapia, de que el hecho de que ella ganara más que yo me ponía en un lugar de vulnerabilidad, una situación difícil de manejar, de no saber bien para que estaba yo en la casa.

Trabajaba, pero entre el hecho de trabajar en casa, que ella ganara más y pensar que no me quería, todo eso hacía que mi vida cambiara de densidad, de la vida que había sentido en otro momento, a una vida más diluida, con menor sabor, con menos ganas de vivirla. Me estaba marchitando poco a poco, cada día sentía menos ganas de hacer cosas, todo estaba cambiando muy rápido y yo no estaba preparado ni para esos cambios, ni para la velocidad a la que estos se me aparecían en el camino.


3

Llegó el momento, estaba decidido y ya había juntado todo lo necesario para ponerme en marcha. Desayuné temprano, era marzo y estaba lindo afuera. Una vez listo fui a la parada y me tomé el 523 a mi destino, hasta fines del año anterior tomaba otra línea, el 552 en la esquina de Juramento y Bouchard.

Una época oscura, o así la recuerdo, porque siempre tomaba el colectivo de noche, antes de las siete de la mañana para llegar a tiempo. Tenía que usar ese bléiser ridículo, con camisa, corbata y jeans. Era una boludez el que me obligaran a usar uniforme en aquel colegio, lo odiaba y sin duda fue una de las razones que me forzaron a tomar la decisión final durante el verano.

No fue nada fortuito, no fue un capricho como pensaron algunos o un consejo de un primo como dijeron otros. En ese momento no llegaba a comprender cuanto necesitaba un cambio para poder seguir adelante. En ese lugar del que me marchaba había sufrido mucho más que levantarme temprano, usar un ridículo uniforme, sentirme diferente por provenir de una familia más humilde que la mayoría, sufrir el rigor de profesores con una mentalidad demasiado violenta y anquilosada.

Pero a pesar de todo eso, ni siquiera era el lugar, había algo peor, había algo insoportable que me explotaba por dentro todas las mañanas y que no podía ignorar más. Tenía que cambiar de vida, este sería el segundo gran cambio en mi vida, no lo había pensado hasta ahora pero venían cada siete años aproximadamente. A los siete mudarme de un lugar que amaba a una casita en los suburbios que odié por mucho tiempo. Ahora con un poco más de catorce me cambiaba de escuela.

Cuando llegó el 523 a la parada esa mañana sentía que ese no sería un viaje más. Era yo con una carpeta llena de papeles, unos jeans, una remera de Megadeth, una campera de Jean, la cabeza llena de ideas, el pecho hinchado de emoción y nervios. Pagué el boleto, caminé hasta el fondo y me senté en el asiento individual sobre la rueda trasera. Estaba medio lleno, iba retrasado y rápido, rebotando sobre todos los baches de Cerrito hasta llegar a Juan B. Justo.

Cruzaba la avenida y seguía subiendo la loma llevándome por barrios más caretas y sinceramente más lindos que los que habría recorrido con el 552 durante los últimos tres años. Algo demasiado irónico y en lo que seguro no reparé en ese momento. Me cambiaba de secundaria, de una privada con uniforme a otra del estado, pero el colectivo que el azar me hacía tomar seguía un camino totalmente contrario a mi destino. Antes siguiendo calles más humildes para llegar hasta ese alto castillo de piedras sagradas. Ahora por barrios más chabacanos para llegar a un humilde edificio público.

La llegada a la parada de destino fue más rápida, caminé por calles apenas conocidas, atravesé una plaza grande de cuatro manzanas, entre pinos, eucaliptos, pasto y arena. Llegué a mí ansiado nuevo hogar, pregunté dónde estaba la dirección, subí escaleras, pedí más indicaciones y llegue al despacho. La secretaria me recordó de nuestra charla por teléfono, paso de un rostro opaco y ajetreado a uno con una sonrisa insinuada. Me dijo que espere y eso hice.

Me recibió el director del cual no puedo recordar su cara, creo que era algo gordo y bajito, con barba ¡No! con bigote ¡Sí! con bigote y lentes. Le di mis papeles para la admisión y el traspaso, se sentó los miró detenidamente y al rato me preguntó, porqué habiendo tenido un buen historial quería cambiarme de aquella escuela a esta. Yo le conté la verdad, que mis viejos ya no podían pagar esa escuela, que también quería seguir una especialidad técnica que no existía en aquel instituto. Pero que además de todo eso necesitaba un cambio de aire. Él me miró a los ojos mientras hablaba, al terminar asintió. Me dijo que le deje todo y que vuelva el lunes próximo para comenzar.


4

Pasó una noche, de las tantas en que me quedaba leyendo por horas luego de que el resto de la casa ya dormía, que escuché algo que goteaba. Un sonido que se presentó a molestarme en mi momento de mayor paz y soledad, un eco reverberante que se propagaba desde algún rincón perdido de la casa, yo estaba en un extremo sentado en uno de los sillones individuales con los pies subido sobre el sillón doble cuando el goteo comenzó.

Me levanté y seguí el sonido, primero creí que provenía de la planta alta, pero al acercarme a la escalera me sonó lejano. Volví sombre mis pasos y esta vez apunte al extremo más lejano a los sillones de la sala, pasando por la cocina hasta llegar al pasillo de la entrada cercano al baño, parecía obvio que el goteo podía provenir del baño, pero al llegar ahí, lo seguía escuchando lejano.

Al final volví a los sillones y noté que el sonido se intensificaba en esa dirección. Me agaché y miré la pared a la altura de mis tobillos todo alrededor de los sillones pero no lograba ver nada. El único mueble en el lugar era una pequeña mesa sobre la que estaba la única lámpara que me permitía leer en ese lugar, corrí esta mesita, detrás de esta había un pequeño charco de agua y unas gotas que caían desde unos centímetros más arriba justo sobre una guarda de madera pintada fijada a la pared.

Las gotas se producían desde detrás de esta guarda de madera pintada de blanco que recorría toda la pared. Cada gota recorría unos pocos centímetros forzada por la gravedad y una a una abandonaban la parte inferior de la guarda saltando de forma suicida al vacío para caer en el pequeño charco formado en el suelo sobre el piso de madera plastificado.

 Recordé que esa pared era una medianera lindera con la casa vecina que había estado abandonada por años. Había pertenecido a una pareja de ancianos, vecinos míos en otros tiempos, pero que habían muerto años atrás y desde entonces la casa estaba deshabitada, sola, abandonada. Ellos venían a pasar los veranos desde la capital, el primer verano que fallaron a su rutina me pareció muy raro y luego me enteré por alguno de los vecinos del barrio que los dos ancianos habían muerto de distintas causas, pero uno seguido del otro.

Recuerdo que pensé que cuando dos seres comparten gran parte de su existencia juntos y a una edad avanzada uno de ellos muere, si el otro no encuentra una salida al duelo, ni luz al frente para seguir su camino, pareciera que muere como un ave que ha perdido el canto y con este su capacidad de vivir. Así recordaba a la pareja que había habitado esa casa que largos años después lloraba esa pérdida justo en esa pared.

Esa pared en la que estaba fijada esa guarda de madera pintada de esmalte sintético satinado blanco. De donde se soltaban esas lagrimas que perdían la vida una por una en el charco que se estaba formando en mi sala. La que usaba para leer por las noches que pasaba en soledad. En la oscuridad que llenaba mi alma perdida de toda esperanza en el futuro. Porque ya no había futuro para mí, no podía verlo desde mi posición.

Arrodillado mientras contemplaba el charco de llanto, me enfrentaba a la insoportable sensación de estar perdido en medio de un mundo incomprensible. Con pena en el alma, llanto en las venas, un charco en la sala y mis ojos inyectados en sangre. A medida que pasaba la noche las lágrimas no dejaron de caer hasta que me alcanzó la mañana. Arrodillado en el piso, con mis rodillas sobre el charco, me desperté de mi evasión, de las páginas perdidas de mis lecturas de entonces.


5

Tomé el colectivo, caminé hasta el fondo para sentarme en la fila de cinco y ahí fue. Vi una chica sentada, menuda y chiquita escondida en el asiento al lado de la puerta, era ella, a pesar del corte de pelo distinto y del maquillaje, la reconocí enseguida. Habíamos salido un par de meses en el verano del noventa y dos y no nos volvimos a ver después de eso. Teníamos apenas diecisiete, no duró mucho, no sabíamos lo que queríamos. Bueno, realmente yo sabía lo que quería y seguir saliendo con ella en ese momento no era algo que deseara.

Me senté a su lado sin que me viera. Me quedé un rato esperando a ver si reaccionaba hasta que no pude esperar más y hablé.

            —¿Laura?

            —¿Gabriel?

            —Mirá donde nos volvemos a ver.

            —¿Cuánto hace que…?

            —Como tres años creo…

            —Y nos volvemos a encontrar en el mismo colectivo.

            —Parece mentira.

            —Sí, parece mentira ¿Volvés a tu casa Gabi?

            —Si, vengo de una entrevista de trabajo.

            —Qué bien.

            —No es nada importante, como técnico en una empresa ¿Seguís en…?

            —Si, en la misma oficina, todo bien, sigo ahí por suerte.

            —Me alegro, espero que te guste lo que hacés.

            —Siempre me gustaron los números así que sí, me gusta.

            —Bien, genial ¿Venís de ahí?

            —Sí, salgo a las cuatro ahora.

            —Bien, buen horario ¿no?

            —Sí, genial.

            —Me alegro mucho —nos quedamos los dos en silencio por largo rato.

            —Gabriel.

            —Sí.

            —Necesito preguntarte algo.

            —Decime.

            —¿Por qué te fuiste? ¿Por qué terminamos hace tres años? todavía no puedo entenderlo.

            —No sé qué decirte.

            —Está bien, no tenés porqué responder.

            —No, está bien que me lo preguntes, te debo una explicación.

            —Es que necesito una explicación, quiero saber que te pasó o si yo hice algo…

           —No, vos no hiciste nada, pero yo, yo no estaba siendo sincero.

            —Tengo que bajar ¿hablamos por teléfono después?

            —No, bajo con vos y caminamos un poco si querés.

Bajamos del colectivo y caminamos por las calles de su barrio hacia la plaza que estaba cerca. En la misma que nos dimos el primer beso.

            —Siempre me gustó mucho esta plaza.

            —Tenemos recuerdos acá.

         —Bueno, aquella vez cuando salimos, me gustabas y la pasábamos bien juntos. Pero cuando vi que vos sentías algo que yo no, me dio miedo de lastimarte. Así que ese día que nos vimos por última vez te dije simplemente que no podía seguir viéndote y me fui. Si me quedaba iba a ser peor, estoy seguro.

            —Está bien. Gracias por ser sincero.

Caminamos por el sendero de hormigón que rodeaba la plaza en silencio. Después  nos sentamos en un banco y nos  quedamos charlando hasta que los grillos comenzaron a cantar a nuestro alrededor.


6

Ayer mi terapeuta me planteó una tarea, que trate de escribir sobre “el miedo”. Le dije que sí y me quedé pensando en la tarea durante el resto de la sesión que ya terminaba. Seguí pensando al saludarla y salir del edificio, al subir a mi camioneta y manejar a casa. Estaba escuchando en la radio un reportaje a una chica que vivía en Escocia, que habló de su experiencia viviendo en ese lugar, su miedo de que si Gran Bretaña se termina separando de la  Unión Europea eso podía cambiar su vida, que debiera abandonar el lugar donde vivía debido a decisiones de otros, decisiones sobre las que ella no tendría control alguno, decisiones que ella no podría tomar sobre su vida.

Seguí pensando en el miedo al tomar la gran avenida y navegar junto a otros vehículos por el mar de luces en medio de la noche. Seguí pensado al llegar a casa, detenerme, salir de la camioneta, poner el seguro, colocar la llave en la puerta del garaje, entrar, saludar  a los chicos y a Laura. Mientras dejaba mis cosas sobre la mesa de mi oficina y me cambiaba pensé una vez más que el lunes seguiría trabajando, que el negocio va pésimo desde las elecciones, que todo el país está esperando que asuma el nuevo presidente en menos de un mes para ver si por una vez la realidad supera nuestra imaginación para bien y no para mal. Seguimos siendo tan ingenuos que da miedo, como si fuera posible que todo pudiera cambiar por arte de magia ante una fecha determinada.

Al pensar en este asunto una vez más, una más de las interminables veces en que lo he pensado durante los últimos meses, me doy cuenta de que es el miedo. Es el miedo que nos fuerza a seguir teniendo esa siega esperanza de que todo estará mejor el mes próximo o el año próximo. Miedo era lo que sentía esa chica en la radio al hablar sobre su situación en Escocia. Es algo universal, el miedo está en todas partes, no se lo puede tocar, no se lo puede ver, pero se lo puede sentir, el miedo es como el estado natural del universo.

Ahora, después de haber pasado la noche, dormido y despertado, mientras escribo durante esta mañana de sábado, al día siguiente de que mi terapeuta me planteara esa tarea de escribir sobre “el miedo”. En este momento pienso que la relación entre miedo y no miedo, se parece en algo como la relación entre frío y calor en el universo. El frío es el estado natural de universo y ahí donde no hay estrellas que calienten, es el frío lo único que existe. El calor en cambio debe ser generado, no es el estado natural de nada, debe ser producido por las estrellas, astros que arden. Astros que irónicamente se generaron en medio del frío del vacío total y que luego lo combaten. Como si dentro del frío siempre existiera la semilla del calor mismo.

Será acaso el miedo como el frío, el estado natural del universo. Serán las emociones y sentimientos contrarias al miedo, como estrellas en nuestra existencia. La alegría, el amor, la euforia, el éxtasis que siento en este mismo momento mientras machaco las teclas del teclado que está bajo mis manos, como único nexo entre lo que siento mientras escribo escuchando música.

De tanto pensar entre la música, el sonido de las teclas, las palabras en la pantalla, todo se vuelve confuso, me pierdo, y dejo que todo lo que me rodea y todo lo que pienso pierda su sentido. Y encuentro en esta sensación un sol que me calienta, una estrella cercana que me da su luz y me alimenta, que mata el frío, al miedo dentro de mí, me llena de éxtasis. Esto sucede cuando logro no seguir pensando en el miedo, porque el pensarlo no hace más que reforzar su existencia. El miedo es como el frío, todos los conocemos y lo hemos sentido. El solo pensar en el calor no hace que el frío desaparezca, pero podemos desterrar al miedo con el calor que somos capaces de generar, no con solo pensarlo, pero si generarlo dentro de nosotros.

 El miedo existe solo dentro de nosotros, solo con pensarlo, solo con no sentir ninguna emoción o sentimiento que lo enfrente. Pero cuando logramos sentir algo que lo combata, algo que nos dé fuerza, algo que nos eleve de nuestro estado natural, vacío y temeroso. Eso nos permitirá alejarnos del miedo por el tiempo que podamos hacer que esa estrella arda, nos dé luz y nos caliente. Esos momentos cuando se genera un sol interno que pelea contra las tinieblas y repele al miedo que a veces congela nuestro corazón.


7

Nunca podría haber estado listo para algo así, sería una ilusión, en el mejor de los casos una mentira. Tampoco era algo para lo que me hubiera preparado, si tal cosa fuera posible. No puedo decir que era algo que deseara, nunca lo había pensado profundamente, no sé en qué estaba pensando, si pasó porque debía pasar, si lo vi como algo natural, algo esperable, lo normal, lo necesario, llenar expectativas, cumplir con las normas.

No podría explicar cómo llegué a esa posición, si dijera que simplemente fue algo que vino a mí, o que pasó porque sí; estaría mintiendo. Estoy pensando y hurgando en mis recuerdos mientras escribo, hubo algo, algo pasó en realidad. Poco antes de buscarlo comencé a sentir algo que cambiaba en mi interior. Pero no cambió por sus deseos y sus menciones constantes del tema. Algo cambió porque me di cuenta de que era algo que no quería perderme, no sabía si funcionaria, pero frente a la situación de tener que decidir, fui yo quien decidió y elegí por avanzar y enfrentarme a los miedos que tenía, eso no puedo negarlo.

Estaba petrificado por el miedo que me causaba esa situación. Una que sabia, cambiaría mi vida para siempre, pero no le tenía miedo a eso, eso solo me daba incertidumbre, el miedo lo sentía al estar parado frente al abismo que representa tener el poder de ayudar a construir o destruir la vida una persona, del bebé que habíamos decidido tener.

Hoy lo vuelvo a pensar y siento la violencia de tomar la posición de decidir por otro ser. Uno que no existe en el momento en que se decide por este, sin tener la mínima remota posibilidad de conocerlo de antemano, sin poder saber nada sobre este, cuando es todavía una nada en este mundo y se decide que se lo creará, tendrá una vida y algún día morirá. Alguna vez oí decir que el acto de procrear es cometer un asesinato con retardo. Algo que suena a paradoja pero que encierra una de las verdades más cínicas que gobiernan nuestras vidas. No deberíamos tener poder sobre las decisiones de los otros, pero es un derecho que arrebatamos y reemplazamos imponiendo nuestra voluntad constantemente.

Llegó al fin el día en que este nuevo ser nació, lo llamé mi hijo, al mirar por primera vez sus ojos me maravillé ante la belleza de su existencia y me di cuenta de que él no tenía nada que ver con mis indecisiones y problemas. Porque él ya existía y lo único que yo podía hacer desde ese momento en más era únicamente amarlo por el resto de mi vida, como si no hubiera otra decisión posible. Todo cambió desde ese momento, el mundo no seria más el mismo lugar para mí, todo había cambiado para siempre.


8

Cómo empezó todo esto es difícil de saberlo. Solo puedo decir que fue hace mucho tiempo, me es difícil precisar un día, mes o año siquiera. Parece haber comenzado en otra vida que ya no recuerdo, otro lugar, otro mundo del que partí y al que ya nunca regresé. Me pregunto si la amaba al principio de todo, y sé que si lo hice. Pero después me pregunto si ya deje de amarla, y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo haciéndome esa pregunta. 

Reconozco en ese largo tiempo de incertidumbre mi respuesta. Sé que hay una presencia dentro de mí que no quiere aceptarla, una que lleva largo tiempo manejando mi vida. Pero también reconozco otra presencia que está creciendo día a día, que busca la verdad, y la reconoce cuando la encuentra. Esta última presencia me mira a la cara y moviendo sus labios con decisión me dice sin dudarlo: “vos ya no la amás, no la hagas perder el tiempo, ya no la lastimes y dejala ir”.

No fue mi intención lastimarla, hacerla esperar, querer manejar su vida. Lamento de corazón el daño que le hice y quiero enmendar, reparar el error, aunque quizás eso no sea posible, pero igual quiero intentarlo. Quiero creer que no fue simple egoísmo, que pensaba en mis hijos, que no quería estar lejos mientras crecían, que quizás puedo ver esto recién ahora que los siento un poco más grandes y más preparados para enfrentar esta situación. Pero esto no lo sé, lo pienso recién ahora, me doy cuenta recién ahora, luego de muchos años de no entender nada.

Años de levantarme de la cama todos los días invadido completamente por la angustia, sufriendo desde la salida del sol, si entender el porqué, sin poder conectarlo con lo que ahora lo conecto, buscando el problema siempre en otro lugar, por más que me decía que estaba siendo sincero, autocrítico, abierto y en contante análisis de mi vida y mis circunstancias. Pero no, no podía verlo, una vez más en mi vida el árbol tapaba el bosque que habitaba detrás.

 No quise lastimarla, creí estar protegiéndola, creía realmente que los estaba protegiendo a todos. Pero ahora puedo entender que me equivoqué. Que tuve miedo de la verdad y que no podía verla, no podía entender que ya no la amaba y que no debía decidir por ella. Le hubiera ahorrado mucho sufrimiento, también a mí. Toda esa ansiedad, toda esa angustia, no era más que esa presencia dentro de mí que se esforzaba por hablarme, por hacerme ver algo que yo solo era incapaz de ver, la verdad que ahora estoy viviendo. 


9

Fue el peor de los momentos, fue el más difícil de los momentos. Mientras crecían las obligaciones, se ampliaba la casa, se cambiaba de auto, nosotros nos estábamos desmoronando. Éramos dos edificios viejos viviendo dentro de una casa nueva. Tratando de criar a nuestros hijos mientras nuestros muros crujían y los techos se agrietaban. Acumulando responsabilidades en nuestros trabajos mientras nuestros cimientos ya no soportaban el peso de la construcción.

Recuerdo un día en que estábamos discutiendo en la planta alta de la casa que estaba aún sin terminar. Estábamos exhaustos luego de dos años sin descanso, con noches de insomnio junto a los bebés. Nos estábamos gritando, nos estábamos diciendo cosas horribles, estábamos descargando cada uno en el otro, todo cuanto nos frustraba y nos hacía infelices en ese momento. Creo que en ese mismo lugar y momento comenzó el final de todo.

Recuerdo que después de eso ya no te buscaba para contarte lo que necesitaba contar. Fue cuando nuestra amistad comenzó a destruirse, fue cuando todo comenzó a caer. Desde ahí en más ya no podría confiarte lo que sentía. Aunque intenté seguir haciéndolo por años, pero tu rostro comenzó a mostrar hastío ante mis palabras. Ya no serias con la que hablaría durante horas y horas sin pausa. 

Siempre es triste llegar al final de algo, pero es mucho más triste intentar apuntalar y mantener con respirador artificial algo que ya está muerto por dentro, por más que no lo parezca por fuera. Es cuando comienza la agonía, sabemos que ya está muerto, pero todavía no estamos listos para prender fuego el bote y dejarlo incendiarse mientras se aleja hacia el rojo horizonte del atardecer.

¿Qué espectáculo desagradable? ¿No? Cuando vemos a quien amamos por tantos años desmoronarse frente a nuestros ojos, sin que haya mucho que podamos hacer. Estamos lastimados, ya no nos sentimos queridos, eso nos enfurece y nos hace alejarnos más y más. Nos hace sentir que ya no podremos con otro desafío más, con otra crisis más, que ha llegado el final. Pero como ninguno de los dos se anima a tomar la decisión de prender fuego el bote, ambos nos condenamos a vivir dentro de un cadáver. 


10

Algo impreciso, no se lo puede entender, ni saber cuándo o como pasará. Pocos son capaces de imaginarlo, nadie se puede adelantar, ni prever su llegada. El final de la esperanza, chocar contra todo lo temido, enfrentar lo más crudo en su forma más siniestra, enfrentar, en su más pura esencia “La verdad”.

En mi caso llegó un sábado por la noche. Vaso que se estuvo llenando por años, bastaron pocas gotas para derramarlo. No fue gran cosa, recibí algunas palabras de más que me hirieron. Quizás eran la respuesta a algunos pedidos inconscientes. No lo entendí en ese momento, ese sábado antes de navidad.  Estábamos todos en casa, ella los niños y yo. Hacía calor, ellos estaban afuera, ella vino una vez más a hablarme, una vez más vi su ceño fruncido, sus ojos encendidos, el desprecio de sus labios, su lengua afilada, sus palabras que lastimaban.

Lo había soportado por meses, reclamos de años pasados, de épocas ya olvidadas, de amores perdidos, de fantasmas que acechan a plena luz del día. Pero esta vez ya no lo soporté, sentí un nudo en el estómago mientras ella hablaba, pude ver el odio en su mirada, ya no la reconocí, ya no era quien alguna vez fue. La verdad me estaba golpeando una vez más, pero esta vez fue más punzante, desgarradora y me estaba destrozando.

Me la quedé mirando mientras se marchaba sin saber que decir, luego me senté, mirando al piso me derrumbé entre tinieblas, no supe que hacer, no podía reaccionar. Me sentí caer, golpear contra una realidad que antes no podría haber concebido, me aferré a un pensamiento, me convencí de que era mejor así, debía aceptar que había llegado al final, abrazar la verdad y avanzar en la oscuridad.

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Damian Furfuro
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