Drama

Debajo del farol de la esquina

Estaba parada en el mismo lugar otra noche más, más allá de la luz del farol de la esquina. Le podía ver los zapatos, las piernas, parte del vestido  y de su silueta, pero nunca la cara. Yo la miraba desde la puerta de entrada abierta de la casa, más allá de la vereda, de los dos tilos de la entrada, de las zanjas de la calle de granza, estaba ella.

Esa silueta que no sabía a quién pertenecía, de la que nunca podía ver sus ojos, aunque sabía que me estaban mirando. Yo caminaba hacia ella por la vereda, saltaba la zanja, sentía la granza bajo mis pantuflas. Pero cuando llegaba justo debajo de la luz del farol de la esquina la luz no me dejaba ver más allá. Al salir de la luz la silueta ya no estaba, era siempre igual, todas las noches igual.

               Por la mañana me sentaba en la cama, con dolor de cabeza, oliendo el olor a encierro en la pieza del fondo donde yo dormía junto a Laura. La casa era vieja, la había construido mi abuelo cuando llegó de Italia con la abuela y sus seis hijos. Hacía años que no se pintaba, las paredes estaban todas descascaradas, la madera del techo de porche podrida, algunos vidrios de las ventanas rotos y remendados con bolsas y cinta de embalar. Era lo único que nos quedó de papá, un montón de cinta de embalar que usaba para cerrar sus cajas antes de viajar.

Mamá trataba de arreglarlo todo con esa misma cinta, estaba por toda la casa sujetando y manteniendo unido todo aquello que intentaba caerse o separarse. Ella era la menor y la única que quedaba de los que habían bajado de aquel barco. Papá trabajaba viajando por todo el país, venia un par de días cada dos semanas. Pero cuando yo tenía nueve se fue y no volvió más. Me acuerdo que cuando él se iba yo siempre lo acompañaba al auto, le ayudaba a subir las cajas con los productos que él vendía, más de una vez le dije que quería ir con él pero nunca me dejó. Todavía me acuerdo la última vez que se fue, si lo hubiera sabido me hubiera subido de prepo y hoy estaría en otra ciudad con él. Laura no se acuerda porque era un bebé cuando él se fue. Fue cuando mamá empezó a trabajar en la fábrica porque no había plata, pero eso no le impedía tener vino y cigarrillos siempre a mano.

      Me acuerdo de este día porque era mi cumpleaños, ese día cumplía quince. No había plata para fiesta o regalos pero igual era un día especial y estaba feliz. Era abril, hacia frio, me levanté y tapé a Laura que amanecía siempre destapada, al taparla volví a ver que tenía un moretón, esta vez en el brazo.  Me acuerdo de este día porque fue el día en que supe que no podía dejar nunca más a Laura sola con mamá. Fui a la cocina y sentí el olor a cigarrillos, agarré el vaso y la botella, limpié el vino derramado sobre la mesa y preparé el desayuno.

Después de desayunar tía Cata nos vendría a buscar a las dos para ir a pasar el fin de semana en su casa con la prima. Me festejaría los quince en su casa, había preparado una reunión de Avon para esa tarde y me dijo que ella iba a pagar por todo lo que yo quisiera comprar. Las pocas veces que tuve algún perfume, cadenita, alguna sombra o lápiz labial era porque ella me lo había regalado.

Laura y yo la pasábamos mucho mejor en casa de la tía, más de una vez fantaseábamos con quedarnos a vivir ahí junto a ella y la prima, pero eso nunca pasó. Cada vez que íbamos mamá nos amenazaba para que no contemos nada, como si la tía no se diera cuenta cuando venía. Después de despertar a Laura y desayunar nos preparamos para la llegada de la tía que apareció puntual a las once y nos tocó bocina, salimos, cerré con llave y nos fuimos todos juntos en el auto.

Las cuatro juntas preparamos un lugar en el parque de atrás de la casa con muchas sillas, mesas desplegables, manteles, bebidas y toda la comida que la tía había comprado para mi fiesta. Llegó la señora que vendía Avon y armó una mesa con toda la mercadería que trajo. Era hermoso ver las cajas de colores, los embaces brillantes, plateados, negros, dorados. La tía también  me había comprado una torta enorme de tres pisos, glaseada y con unas velas hermosas, sándwiches de miga, masas finas, gaseosas y un montón de cosas más.

Había quedado todo listo para cuando vinieron todas las amigas de la tía. Todas estaban pintadas y bien vestidas, me gustaba ver como se reían y les brillaba la cara, los labios, los aros, los collares y las pulseras que todas llevaban puestas. Todas charlaban, se reían, miraban los productos, los agarraban y la señora que los vendía explicaba uno por uno.  Cuando empezó a anochecer se prendieron las luces del parque, la tía trajo la torta y todas me cantaron el feliz cumpleaños.

Para cuando soplé las velas ya me habían puesto lápiz labial, sombra, perfume, un collar, pulsera y aros. Mientras la tía cortaba la torta yo le ayudaba a repartir las porciones. Cuando las entregaba con una sonrisa a cada una de esas mujeres me sentí una de ellas, por primera vez en mi vida sentí que me trataban y me veían como a una mujer. Esa noche volví a ver a la mujer, estaba parada en el mismo lugar, más allá de la luz del farol de la esquina. Yo caminaba hacia ella por la vereda una vez más, saltaba la zanja, sentía la granza bajo los pies y cuando llegué justo debajo de la luz del farol, ella estaba todavía ahí pero mirando hacia otro lado, la tomé del hombro y la giré hacia mí. Pude ver su cara de mujer, maquillada, que me miraba seria, primero sentí que era una cara familiar, me recordó a mamá, hasta que me di cuenta de que esa cara era la mía.

© 2020 – Damian Furfuro – All rights reserved.

Damian Furfuro
dfurfuro@gmail.com

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *