Narrative

Fernando

Ser humano es vivir la experiencia de lo frágil y efímero. Somos criaturas delicadas en lo físico y en lo emocional. Existen muchas cosas en este mundo que pueden causarnos daño. Algunas amenazas residen dentro nuestro como huéspedes silenciosos, que hacen su aparición en los peores momentos. En esos momentos de crisis, de cambio, de aprendizaje. De todos ellos, solemos recordar con mayor intensidad los vividos en las primeras etapas de nuestras vidas. Suelen ser las primeras experiencias las que más nos marcan.
  En la escuela primaria fui un niño bajito e introvertido. No la pasaba mal, aunque no tenía demasiados amigos. Todo fue bien los primeros años, hasta que Fernando me hizo pasar uno de los peores años de mi vida. Ambos teníamos diez y cursábamos quinto grado en distintos cursos. Lo había visto molestando a algunos de mis compañeros los años anteriores, sin que se fijara en mí.
  Siempre fui introvertido y serio al punto de parecer antipático. Me sentaba al fondo del aula. Era bueno para el estudio y aprender rápido. Siempre intentaba evitar estudiar en casa, por lo tanto trataba de aprovechar las clases al máximo. No por gusto, más bien por no desperdiciar el tiempo. No me gustaba pasar la mañana estudiando en la escuela y tener que seguir en mi casa con lo mismo. Trataba de hacer todo en clase y no llevarme tarea. Durante la clase permanecía atento tomando apuntes, ignorando por completo al resto. Esto me convirtió en un blanco fácil.
  La historia de mi relación nefasta con Fernando comenzó cuando mi maestra de quinto grado forzó a cambiar de lugares a toda la clase, porque no lograba hacer que nos comportáramos. Todos mis compañeros estaban molestos con los cambios de lugar. Pero yo me llevé la peor parte, porque me forzaron a sentarme con la niña que era su novia. Ese año él se juntaba con otros dos chicos de sexto grado. Los tres eran de esos niños molestos que necesitan llamar la atención. Siempre encontraban una excusa para molestar a quien les viniera en ganas. Hasta que me tocó a mi ser su víctima.
  Mis problemas iniciaron el día en que Fernando y sus dos cómplices me emboscaron en el campo de juego de la escuela al finalizar un recreo. De repente me vi en medio de un gran patio vacío con ellos tres dirigiéndose hacia mí de forma amenazante. Siempre lamentaré la forma en que salí corriendo apenas olí el peligro. Quizás fue los más inteligente, no tenía oportunidad contra ellos tres. Pero al huir, y no enfrentarlos, me sentencié a temerles por el resto del año.
  Me llevé un gran susto y desde ahí en más los días fueron una tortura para mí. Me recuerdo con miedo de hablar del tema, por temor a que lo intentaran de nuevo si lo mencionaba. No me animé a hablar de lo sucedido con nadie. Ni con mis padres, amigos, conocidos, ni siquiera con mi mejor amigo, Amadeo. Él seguro hubiera intentado ayudarme, aunque nunca me animé a decirle una sola palabra.
  No le había temido a Fernando durante los años anteriores, pero él creció y maduró antes que yo justo ese año. Me daba la impresión de ser alguien al que yo no podría derrotar nunca. Aunque había algo peor que el miedo en sí, esto era la vergüenza que sentía por temerle y no lograr hacer nada al respecto. Ese sentimiento me aniquilaba por completo. No quería que nadie sospechara y por esa razón mentí, esquivé preguntas y caminé largas calles extras para evitar pasar por ciertos lugares.
  Evitar pasar por el frente de la casa de Fernando, que quedaba cerca de la escuela, cuando sabía que él se encontraría ahí. De mañana temprano daba vueltas a la cuadra y esperaba a que sonara la campana de ingreso, antes de entrar a la escuela. Todo para no cruzarme con él en el salón de entrada. Nunca hice tanto esfuerzo por evitar alguien en mi vida. No entiendo cómo ese niño de solo diez años se pudo convertir en un personaje tan temible para mí.
  Fernando dejó una marca en mi vida, fue la primera vez que experimentaba ese tipo de amenaza, y ese recuerdo quedó grabado a fuego. Sería el primero que me quitaría horas de sueño y haría que me durmiera intranquilo pensando en sus posibles y futuros maltratos. Me acostaba todos los días no queriendo ir a la escuela al día siguiente. Me dormía y despertaba con angustia y miedo. Quizás él nunca se enteró de la criatura que había concebido. Solo yo la conocía, ella habitaba en mi cabeza y yo era su única víctima. Sintiendo temor a encontrármelo en los pasillos vacíos, en el baño, en cualquier rincón oscuro de la escuela. El renovaba ese miedo cada tanto haciendo muestra de su superioridad hacia mí y el resto. Molestaba a alguien para mantener su régimen de terror entre mis compañeros, eso parecía gustarle, se podía ver que lo disfrutaba.
  Ese año pareció ser eterno y nunca terminar. Llegué a pensar en huir de mi casa, tomar un tren y escapar. Es increíble pensar que estuviera dispuesto a abandonarlo todo por miedo. Recuerdo el pesar que sentía todos los domingos por la noche, cuando pensaba que al otro día debería ir a clases y verlo. Luego llegaba el alivio cuando los viernes al mediodía sonaba la chicharra que avisaba que habían terminado las clases por esa semana. Me alejaría de la escuela y pondría una distancia segura entre él y yo. Nunca antes había odiado ir a clases, como durante ese año en que sentí ese acoso constante. En mis pensamientos él era un Goliat deseoso de aplastar al pequeño David que era yo por entonces.
  Tengo grabada en mis recuerdos una tarde, en que salimos con mi hermana y mi mamá a hacer unas compras al centro de la ciudad. Al terminar las compras y dirigirnos a nuestra casa sentí una ganas incontenibles de rogarle a mi madre que me dejara abandonar la escuela, pero no lo hice. La verdad es que debería haberle contado todo a ella, me hubiera ayudado y evitado el sufrimiento. Pero en esa edad de suma fragilidad, las cosas se pueden ver de forma muy equivocada y cometer por ello demasiados errores.
  Terminado el año, comencé el verano con el alivio de saber, que no lo vería por los siguientes tres meses. No debería haber sentido vergüenza de temerle. Debería haber luchado por ganarle al miedo. Si hubiera hablado, otros hubieran hecho lo mismo y hubiéramos evitado que él se saliera con la suya. Luego de que todo pasó sentí una mayor vergüenza por no haberlo enfrentado. Nunca más me dejé amenazar o maltratar por nadie. Llegué a exagerar y ante el menor signo de agresión hacia mi persona, me ponía en estado de alerta. Sin poder evitarlo levantaba la voz, hacia lo necesario para dar una impresión de tener muy mal carácter y evitar que me molesten. Para que todo aquel que intentara maltratarme, lo pensara dos veces antes de intentarlo.
  Crecí y maduré durante ese verano antes de ingresar a sexto grado. Fue el verano en que todo cambió. Como si de la noche a la mañana hubiera cambiando de cuerpo. De repente una mañana toda mi ropa ya no me quedaba. El crecimiento corporal fue bastante más rápido que el crecimiento mental. Tardé tiempo en tomar confianza dentro de ese nuevo cuerpo. La confianza no se gana de la noche a la mañana. Mi voz tuvo un violento cambio también y comencé a hablar con un marcado tono grave y cavernoso. A veces mi voz me parecía ajena e inmanejable. Era algo molesto y me hacia sentir ridículo. Aparecieron bellos por todas partes del cuerpo. Debido al rápido crecimiento no tenía un caminar muy elegante. Parecía la criatura de Mary Shelley, medio encorvaba y luchando por dominar mis largas extremidades.
  Los cambios de humor eran frecuentes y era común que terminara discutiendo con mis padres por cualquier cosa. Era difícil vivir en un cuerpo que parecía prestado, sin tener la madures mental para entenderlo. Así comenzó mi adolescencia, enfrenté todos esos cambios como pude, intentando esconderme en mi mundo privado. Con la cabeza metida en algún libro o revista, escuchando música con mis auriculares, encerrado en mi cuarto, siempre intentado volar lejos de la realidad.
Después de ese verano ya no volví a sentir temor por Fernando. Él se convirtió en otro más de mis compañeros. Tiempo después, esos momentos de terror parecían haber quedado ya olvidados en un pasado distante. Quizás no tanto por el tiempo transcurrido, más bien por una necesidad inconsciente de olvidar y dejar todos esos sucesos en el pasado para siempre.
  Supe luego que Fernando no la pasaba nada bien en su hogar. Pude ver la forma en que lo trataba su madre una vez que vino a buscarlo cuando lo habían amonestado por molestar a un niño. Parece que se confío, actuó con total impunidad, una maestra lo vio y fue castigado. Presencié como su madre lo insultaba y rebajaba al sacarlo de la escuela mientras caminaba junto a él. Esto frente a todos los alumnos presentes, que también vieron ese desagradable espectáculo. Ese momento también ha quedado grabado en mi memoria. Porque sentí lástima por él, aún luego de sufrir durante meses la tortura física y emocional de sus maltratos.