Narrative

Amadeo

Durante los último días no he logrado dejar de pensar en Amadeo. Todo pensamiento antes o después se ve atraído y deriva hacia ese lugar de conflicto. Como un satélite orbitando un planeta de cuyo campo gravitacional es imposible que escape. Ganimedes en su órbita alrededor de Júpiter. No estoy seguro, pero creo que esto comenzó en mi adolescencia, cuando Amadeo me acompañó mientras yo pasaba por tiempos difíciles.
        De adolescentes los dos amábamos la astronomía. La verdad es que estábamos casi obsesionados con todo a lo que significara salir de este planeta. Nos atiborrábamos de libros, revistas, películas, cualquier material que tratará acerca del cosmos y sus misterios. Naves espaciales, alienígenas, contenido científico o seudocientífico, toda rareza era bienvenida y atesorada. Ambos coleccionábamos gran cantidad de material sobre el tema, lo compartíamos y estudiábamos para descubrir juntos cada posible dato y curiosidad.
        Existió un libro que captó nuestra atención como ningún otro. No recuerdo ahora su nombre, era un libro de ficción que trataba sobre una raza de superhombres alados que vivían en Ganimedes. Estos protegían una gran civilización que se había desarrollado en esa luna durante milenios. Amadeo y yo estábamos fascinados y no dejábamos de hablar de este libro, sus hombres alados y su civilización. Fue una etapa en la que vivíamos y respirábamos solo para desmenuzar y estudiar lo existente en esas páginas.
        Ganimedes es la luna más grande del Sistema Solar. Gira alrededor de Júpiter, tiene un diámetro de 5,260 kilómetros y es más grande que el planeta Mercurio. Está formada por un núcleo de hierro líquido bajo un manto de sílice rocoso. Su superficie está cubierta de hielo y es el único satélite natural del sistema solar que tiene campo magnético. Completa su órbita en casi siete días, es el noveno objeto más grande del sistema solar y el mayor que no posee una atmósfera. Pero aún sabiendo estos datos científicos acerca de esta lejana luna, no podíamos evitar soñar con que ahí habitaba esta civilización tan distinta a la nuestra. Soñábamos con que una nave llegara y nos llevara a ese lejano satélite.
        Ese mundo compartido con él me permitía escapar cada tanto de mi vida real, la cual no era muy divertida por entonces. Fue la época en que cursaba los primeros años de la escuela secundaria. Los que fueron muy difíciles. El ingresar a un estricto y exigente instituto técnico fue un duro cambio, comparado con lo que había sido mi vida hasta entonces, asistiendo a la escuela primaria de mi barrio, en la que cursé los primeros ocho años de mi educación. Pasar tiempo con Amadeo, inmersos en nuestro mundo privado, era un cable a tierra necesario para contrarrestar las largas horas de estudio.
        Este instituto de enseñanza técnica era un gran edificio con altas paredes de piedra. Daba la imagen de ser una fortaleza, la que vi con ojos impresionados apenas comencé a cursar ahí. El cambio de lugar, de amigos, de clima fue muy fuerte. Me demandó un gran esfuerzo y me costó más de un año de adaptación. En ese lugar reinaba un clima de alta exigencia, asfixiante a veces. Me encontré muchas veces tratando de abarcar más de lo que podía. Entre actividades que se sumaban día tras día. Algunas impuestas por el instituto más otras elegidas por mí. Actividades extra curriculares, clases de ingles o guitarra, las que sumé a mi ya apretada rutina, creyendo que podría con todo.
        Una época de la aprendí una dura lección para el resto de mi vida. Con un gran costo para mí en ese momento. No sabía medir los tiempos, tenía la sensación de que este siempre alcanzaría, hasta que chocaba con la realidad. Para caer en la cuenta de que el tiempo terminaba siendo siempre insuficiente. Lo que me trajo graves problemas.
        Cursé ahí hasta al tercer año de estudios, con largas clases que se extendían en algunas oportunidades desde las siete y media de la mañana hasta las seis de la tarde. Sintiendo dentro de mí una presión que nunca acababa, obligado a seguir adelante, mantener un buen desempeño, buenas notas, clases extracurriculares. Se convirtió en algo obsesivo, mis padres nunca me presionaron, pero yo no lograba dejar de hacerlo.
        Todo cae por su peso y llegó un día en que ya no logré seguir haciéndolo. Ya no pude seguir adelante con lo que mis estándares personales dictaban. Sentí que la presión terminó por asfixiarme por completo. Con solo quince años sufrí mi primer colapso. Un estado de agotamiento físico y psicológico. Resultado del gran exceso de exigencias y estrés mental al que me había enfrentado durante casi tres años. Me sentía exhausto e incapaz de afrontar cualquier exigencia de mi vida diaria.
En esta, mi última noche en un instituto mental, me doy cuenta de que no he mencionado ese colapso a mi terapeuta. Es más, no se lo he mencionado a nadie por largos años. Pero la razón no fue mentir u omitir un momento incomodo de mi vida. La razón es que no lo he recordado durante décadas, hasta este momento. Por lo tanto ese fue mi primer verdadero colapso y el que me trajo a esta clínica fue su secuela.
        Pasé un invierno en el que debí faltar por días a la escuela para recuperarme. El agotamiento me hacia sentir débil y confundido. Me era muy difícil concentrarme y estudiar. Amadeo sabía de mi estado y venía a visitarme. Siempre estuvo cerca sin tocar este tema de forma directa, para no hacerme sentir incomodo. Él sabía que era algo delicado para mí, que no tenía la energía suficiente para lidiar con mi vida y ser el de siempre. Pero a él no pareció afectarlo, se lo veía feliz visitándome como de costumbre. Pasando tiempo conmigo, aunque yo no fuera buena compañía en ese momento. Su actitud desinteresada y cálida fue un regalo para mí durante esa época. Trajo consigo el más luminoso y candente fuego, a la oscura y fría caverna en la que yo habitaba por entonces.
        Ese invierno me sentía deprimido, sin ganas de hacer nada. Estaba casi siempre mi habitación recostado en mi cama. Amadeo venía a visitarme casi todos los días. Pero el mejor momento siempre era los sábados por la tarde. El timbre de la puerta principal sonaba. Mi mamá le abría y aparecía él sonriente en mi habitación. Me daba un caluroso abrazo y se sentaba en una silla al lado de mi cama. Al rato estaba contándome sus historias y riendo a carcajadas como de costumbre. Era inevitable que me sacara una sonrisa con sus palabras por peor que yo me sintiera.
        En casa se sentía como si fuera la suya, era un miembro más de la familia. Siempre se escabullía a la cocina y preparaba unos mates para que tomemos juntos. Traía termo y mate a mi habitación, mientras cebaba me hacia hablar y olvidar de mi estado. Me sentía casi como el de siempre. Parecía que mi mente se relajara en su presencia, dándome un respiro, permitiéndome comportarme de manera más natural, sintiéndome más a gusto conmigo mismo. Él producía algo especial con su presencia, como si practicara conmigo alguna alquimia de trasformación y me liberara de las cadenas que me ataban.
        No logro dejar de pensar en Amadeo. Los últimos días le he dado vueltas en mi cabeza al momento de su muerte. Los sucesos que la rodearon nunca me quedaron claros, siguen envueltos en una oscura neblina.  Eso fue hace ya más de diez años. Yo me había casado y mudado del barrio hacia casi un año. Nos vimos por última vez cuando fuimos juntos a ver un recital durante el verano. Sabía que el había estado saliendo con una chica en aquellos días, pero como él no sacó el tema no quise preguntar por la relación, por miedo a que hubieran terminado. No quería hacerle pasar un momento incomodo y romper la magia de esa noche. Recuerdo que luego del recital volvimos juntos en un taxi, me dejó primero a mí en mi casa, ahí nos saludamos y el siguió el viaje hacia la casa de sus padres. Por supuesto no sabíamos que esa sería la última vez que nos veríamos y que esas serían las palabras finales que cruzaríamos.
        Pienso en esos meses que pasamos sin vernos ni hablarnos entre el recital y el día en que me enteré de su muerte. Recuerdo que ese día volví a mi casa tarde después de trabajar. Todavía no teníamos hijos y vivíamos con María, los dos solos. Al entrar me encontré con un escenario inesperado, a María y mi mamá con ojos llenos de lágrimas y supe de inmediato que algo terrible había pasado. Pensé primero en algún integrante de nuestras familias. La idea de que Amadeo había muerto no pasó por mi cabeza en ese momento. Eso lo hizo aún más doloroso.
        Luego de recibir la noticia me encerré en el cuarto, cerré la puerta y no volví a salir hasta el día después, cuando debería asistir a su sepelio. No pude reaccionar, no pude creerlo, era algo imposible. Solo podía pensar en que lo había visto hacia poco tiempo con vida. Recordaba haberlo visto en muchas facetas, feliz, triste, enojado, aburrido, enfurecido, pero no podía recordar una ocasión en la que lo hubiera visto vencido.
        Lo recordaba feliz como cuando pasábamos un sábado juntos escuchando música o viendo alguna película de nuestra colección. Cuando vino a mi boda y nos saludó a María y a mi un año antes. Triste cuando rompió con una chica con la que había estado saliendo unos años atrás. Enojado como cuando estuvimos peleados a los doce años aunque no lograba recordar el porqué de esa pelea.
        Mi mamá me contó que lo notaron un tanto deprimido las últimas semanas antes de ese día ¿Por qué él no había recurrido a mi como siempre lo habíamos hecho el uno con el otro? De inmediato pensé que al casarme yo lo había abandonado, que él ya no se sintió capaz de buscarme, sintió que yo tenía ahora otra vida, en la cual no podía irrumpir y presentarse de imprevisto. Como lo hacia en mi casa para verme cuando yo vivía aún con mi familia. Siempre estábamos los dos juntos, comiendo en casa del otro, tomando mate, mirando tele, escuchando música, bromeando, contándonos lo bueno, lo malo, los planes, nuestras frustraciones, nuestros éxitos y fracasos diarios. Sentí que al mudarme había renunciado a todo eso. En realidad era algo que extrañaba, y al escuchar que ese mundo se había marchado junto con él para siempre mi corazón se rompió en mil pedazos.
        Nunca pude saber la verdad acerca de sus últimos momentos. Nunca quedaron claros, ni sus padres o hermanos supieron contarme que fue lo que pasó. Solo sabían lo que le contaron a mi mamá, había estado triste y deprimido por semanas hasta que un día desapareció y nadie supo donde estuvo hasta que lo encontraron sin vida. Me lo imagino solo y triste. Deprimido y sin sentirse capaz de contarlo a nadie. Intentó ponerme en su lugar, interpretar sus sentimientos en ese momento. Siento que aún vive en todos los recuerdos que guardo de él dentro de mí. Intento armar un lúgubre rompecabezas con las pocas piezas que tengo. Acostado en la oscuridad de este cuarto, con los ojos cerrados, me pregunto cómo habrán sido sus últimos momentos.