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“Llego a casa” de Damián Furfuro en “El narratorio…









Fragmento del relato: “Llego a casa”:

Llego a casa tarde, otra vez pasadas las ocho de la noche, todo el día trabajando desde muy temprano. Siempre creí que pasando los treinta correría menos y que estaría más tranquilo, pero qué equivocado estaba. Siento que los días pasan tan rápido que se me escurren entre los dedos, sin lograr sacar algo que disfrute de ellos. Mi vida se desarrolla día tras día, dentro de una calesita de monotonía interminable, que nunca para de girar y de la que no veo forma de poder bajarme.
Un trabajo sin motivaciones, el mal humor de la gente en la calle, horas enteras dentro de un auto entre el caos del tráfico, solo un engranaje más, un autómata movido por el designio de otros. Pienso esto y de forma inmediata me inunda la culpa, como si el quejarme estuviera prohibido y la culpa fuera mi castigo. Una doctrina social en acción, escrita con tinta invisible, en los renglones de mi inconsciente.
Sentirme alguien incapaz de rescatar lo bueno y bello de la vida, haber perdido la capacidad de disfrutar, me digo que no disfruto porque no quiero, pero quizás no pueda, porque perdí la habilidad de apreciar los pequeños placeres. Esa calesita de hastío me ha relegado al rincón de los frustrados, de los que se quejan de todo, de los que carecen ya de la sensibilidad para degustar de las cosas simples.
Llego a casa, la que fue siempre mi refugio de amor y paz junto a ella, pero hace tiempo que eso ha cambiado, de a poco y sin darnos cuenta. Tiempo atrás nos enamoramos, nos casamos muy jóvenes y por supuesto sin experiencia. Nunca fue cosa fácil, pero salimos adelante juntos. Siempre me sentí la oveja negra de la relación, el que más se equivocaba, el que más se quejaba.
Luego llegó él que lo cambió todo, nos cambió, me cambió para siempre. Nunca supe cómo explicarlo a quienes que no son padres. Solo puedo caer en la trillada frase “ser padre te cambia”. Por algunos años todo fue magia, aunque siguiera conviviendo con las mismas íntimas miserias. Ellos dos me hacían elevarme a mi mejor versión. Luego de cinco años llegó la ampliación, estas son siempre agotadoras e interminables. En medio de esa locura de ladrillos y vigas sin fin, ella camina embarazada.
Llego a casa y pienso en ella, siento que no tengo derecho alguno a la más pequeña queja, fue ella quien dio a luz a los mellizos. Antes sentía que la conocía de toda la vida, pero últimamente no logro reconocerla. Se abrió un abismo entre nosotros, uno lleno de pañales sucios, mamaderas, chupetes, noches en vela, de nunca más estar solos un rato. Dos continentes a la deriva, alejándose uno del otro.
Parece que desde que nacieron pasaron ya diez largos años. Pero no, ni siquiera llega a uno. No puedo disfrutarlos a ellos como lo hice con él. Lo siento injusto para todos y otra vez se dispara mi culpa. Son tan hermosos, me sonríen, se me acercan gateando, me buscan, pero no me encuentran. No lo soporto, me rompe el corazón, no sé qué hacer, siento el cuerpo entumecido y la mente agotada.
Estoy oculto tras una cara de áspera apatía, con el fastidio crecido, con labios incapaces de sonreír siquiera. Incapaz de demostrar el afecto que mi corazón siente, el que siento por las noches tarde cuando los veo dormidos, los dos como sonriendo con los ojos cerrados y yo incapaz de sonreír. Antes me la pasaba riendo a carcajadas por cualquier pavada, pero ahora siento que se me atraganta y mi risa es solo un espasmo, uno que se pierde en la comisura de mis labios.
A ella no llego a verla y eso me desespera. Solo veo una mujer agobiada. No se parece a la de siempre. Antes pura jovialidad y sonrisas. Ahora una diluida sombra de quien supo ser. ¿Puedo ser tan idiota? ¿Qué pretendo? Luego de un embarazo que puso a prueba todo su ser hasta el extremo, su mente y su espíritu. Recuerdo que la presioné para que deje de trabajar porque a los cinco meses parecía que explotaría. Nos preguntaban si estaba por dar a luz. Contestábamos que no, cansados de tanto repetirlo. “…está de cinco meses, es que son dos, son mellizos…”.
“Mellizos”, una palabra a la que nunca le había prestado mucha atención hasta que fue parte de mi vida, como a tantas palabras perdidas en el universo. No las avistamos hasta que entran y caen con gran peso en nuestro mundo. Luego se hacen parte de nosotros y aprendemos a convivir con el cráter que dejan en nuestra existencia. Son esas palabras que nombran nuestras experiencias más reales y brutales. Las que nos marcan y no pueden pasar desapercibidas. Son también las más entrañables e imposible vivir sin ellas luego de conocerlas.


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