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“El cofre” de Damián Furfuro en “El narratorio Nro.…











Fragmento del relato: “El cofre”:

Dormía con un pequeño cofre de madera, con terminaciones de acero corroído, bajo mi cama. Este había pertenecido a mi abuelo paterno que murió mientras era yo muy pequeño. Me habían contado que él me regaló este cofre para que guardara mis posesiones más preciadas; de la misma manera en que él lo había hecho durante toda su vida. 
Me recuerdo guardando en él todas las noches, antes de dormir, mis más valiosas reliquias. Mis autos y soldados de plástico, con los que jugaba todo el día. Alguna roca curiosa encontrada en el trayecto entre la escuela y mi casa; algún dibujo del cual estuviera orgulloso. Pensaba en mi abuelo mientras guardaba esas piezas durante la noche y al sacarlas por la mañana. Así, día tras día, siguiendo una especie de ritual. 
Tiempo después comenzaron los sueños. Él y yo visitábamos la playa y el muelle; paseando y corriendo sobre la arena. Me compraba unos pochoclos de un pequeño carro ambulante. Yo siempre pedía unos bañados con jarabe color rojo sabor frutilla. Después caminábamos charlando y riendo mientras comíamos. 
El final de esos sueños era siempre el mismo. Mi abuelo desapareciendo de mi lado. Quedando solo yo en la escena, como si él nunca hubiera estado ahí. En un momento creerlo a mi lado caminando junto a mí; en el siguiente: mirar y notar su ausencia. Darme cuenta que ya no estaba a mi lado me desesperaba. La playa, hasta hacía un momento calma entre el arrullo de las olas y la tibia brisa, era luego el escenario de una tormenta por llegar. Cuando el viento se esfuerza y enfría, el cielo oscurece y las olas rompen con furia.
Yo comenzaba a correr asustado por los truenos, la fuerza del viento y el mar embravecido. Veía a lo lejos el muelle y corría hacia ahí para protegerme pero el vendaval me arrastraba hacia al mar enfurecido. El horror se apoderaba de mí y despertaba de golpe, empapado en sudor y gritando. Ni en sueños podía tener de él su presencia. Al despertar gritaba llamándolo; pero él ya no estaba ahí y el sueño ya había terminado. 
Mis padres venían a mi habitación y yo les contaba, una vez más, que había soñado con él. Ellos se miraban tristes, ya conocían mi relato: era siempre el mismo. Se preguntaban el porqué de  el mismo sueño todas las noches, no teniendo respuesta. Desde que el cofre había llegado a mis manos, no había parado de preguntar sobre mi abuelo. La curiosidad me consumía, debía averiguarlo todo al respecto. Mi papá me contó que su padre había guardado en el cofre algunos recuerdos de su juventud sin saber explicarme cuáles. Yo me obsesionaba cada día más y más preguntándome qué habría guardado él ahí dentro.
Lo imaginaba guardando medallas ganadas en tierras lejanas; quizás algún pequeño catalejo de cuando fue marino; o tal vez sus antiparras sucias, luego de volar con su avioneta sobre el océano. Cuando llevaba estas historias a mi papá él me contaba que su padre nació en una isla rodeada por un gran río y trabajó en las plantaciones de manzanas de esa misma isla donde junto a mi abuela crió tres hijos varones. Cuando se quedó sin trabajo en la isla se mudaron a esta ciudad donde trabajó hasta morir enfermo. No había sido ni soldado, ni marino, ni aviador, mis heroicas historias sobre él se esfumaban y yo me marchaba desilusionado.
Mis padres no tardaron en culpar al viejo cofre de madera por causar mi obsesión y  mis sueños recurrentes. Un día, al llegar de la escuela, fui a buscarlo debajo de mi cama, pero el cofre ya no estaba ahí. En su lugar encontré una caja de zapatos con mis cosas. Corrí con mi mamá y le pregunté con voz entrecortada: 
—¿Dónde está el cofre de mi abuelo?
Ella se agachó y mientras me secaba las lágrimas con un pañuelo me habló. Dijo que el cofre estaba viejo y arruinado, por eso mi papá lo había tomado y tirado. Que era mejor así, esa cosa me podía hacer daño, era mejor deshacerse de eso. 
Apenas terminó de decir esto, recuerdo mirarla con furia y decirle: 
—Es lo único que tengo de él y me lo sacan ¡No pueden hacerme eso!




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